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  • Nenes No Lloran

¿Y si lloramos juntos un rato?

Actualizado: 18 oct 2021


Había sido de esos episodios típicos de la infancia, cuando el amor es más bien un juego o una broma relacionada a cosas inocentes como darse la mano en un recreo o sentir mariposas en el estomago. También fue una de las pocas veces en mi vida en las que sentí algo parecido a la atracción con una mujer, o en este caso, con una compañerita de la escuela.

Tenia 6 años y recuerdo perfectamente que había empezado primer grado hacia semanas. Todo era nuevo y maravilloso, caras nuevas, rutinas nuevas, nombres nuevos. Todos los días era descubrir algo distinto. Y en esas primeras semanas la conocí a ella, se sentaba a dos o tres bancos de distancia. A decir verdad ahora ya no recuerdo mucho mas sobre ella salvo su nombre: Noelia.

No se porque había identificado que ella me gustaba, supongo que será algo que vi en un dibujito o algo por el estilo, como que era normal que los nenes gustaran de las nenas en la escuela y yo sencillamente estaba siguiendo ese camino prefijado. Si me acuerdo que efectivamente consideraba que me gustaba y que seguramente ante la “urgencia” de no saber que hacer con ese sentimiento que tenia de pronto hice algo que supongo también habré visto en la tele: contárselo a un amigo.

En ese momento uno de mis únicos amigos era otro compañero del aula llamado Guille, a quien también había conocido en esas primeras semanas. Recuerdo que nuestro primer elemento en común era que nos gustaban los mismos dibujitos. Supongo que le habré contado que me gustaba Noe en algún recreo o en alguna de las juntadas que solíamos hacer en su casa para ver Magic Kids.

No se si paso exactamente el día después de habérselo contado o si fue un tiempo después, pero las imágenes de lo que paso siguen bastante frescas hasta el día de hoy. A decir verdad hace bastante que no pensaba en este episodio, pero lo recordé hace algunos días mientras escribía este newsletter. Todos tenemos de esos pequeños momentos que nos dañan, que rompen algo dentro nuestro y cuyos efectos sobre nosotros resuenan luego a través del tiempo. Como un eco que rebota una y otra vez en nuestra cabeza hasta que dejamos de notar su presencia, a pesar de que sigue ahí, todo el tiempo.

En el medio de una clase, mientras estábamos haciendo alguna tarea y la seño estaba con la guardia baja, Guille (en complicidad con otro de nuestros compañeros, aunque no puedo recordar quien había sido) se paro en medio al frente del pizarrón y grito a viva voz: XXX GUSTA DE LA NOELIA, XXX GUSTA DE LA NOELIA.

El resto de lo que paso fue una secuencia muy rápida que recuerdo bastante bien: primero aparecieron las risas, muchas risas, y recuerdo que empecé a sentir como todos empezaron a mirarme, no tenia sentido, había sido Guille el que se paro al frente del aula a gritar pero todos me miraban a mi.

Lo primero que hice fue mirar a la Seño, que veía la escena con ingenuidad, le habían roto la clase y no sabia como reaccionar. Luego mire al banco de Noe, estaba sentada mirando fijamente el cuaderno, roja de la vergüenza. El resto me seguía viendo mientras se reía. No sabia como reaccionar, era literalmente la primera vez en mi vida que me encontraba en una habitación llena de gente que se estaba riendo de mi. Esto, al igual que todo lo demás que venia viviendo desde que empezó primer grado, también era nuevo. La situación me desbordo y empecé a hacer lo único que un nene de 6 años puede hacer ante semejante catástrofe: llorar.

Al ver que lloraba las risas empezaron a apagarse de a poco. La seño se acerco a mi banco, me tomo de la mano y me llevo al baño a calmarme y lavarme la cara. Aquí se detienen los recuerdos, no se que paso después, no se si la seño en ese baño me habrá dicho que “los nenes no lloran” mientras me lavaba la cara. Sospecho que si, lo intuyo, pero honestamente no lo recuerdo.

Pero después de ese día algo empezó a cambiar para siempre. Algo se rompió. Hasta entonces había sido masomenos un varón bastante sensible, en casa lloraba un montón, a veces por capricho, a veces porque Mufasa moría en una estampida, a veces por haberme caído y lastimado, y creo que en general nunca había sentido la necesidad de reprimirlo. Lise Eliot dice que en la primera infancia no hay grandes diferencias entre varones y mujeres a nivel emocional y neurológico, y que incluso algunos estudios señalan que los varones empiezan siendo ligeramente mas “emocionales” que las mujeres. Pero obvio todo empieza a cambiar después cuando nos socializan. Ese día en primer grado me había llegado mi turno; era hora de que aprendiera que los nenes no lloran.

Ese episodio hizo que muchas cosas dentro mío dieran un vuelco rotundo. De pronto algo que hasta entonces me era natural ahora estaba prohibido. Incluso mucho mas que prohibido; le tenia terror, no quería volver a repetir la experiencia de que todo el curso se riera de mi, no podía volver a llorar en frente de ellos nunca más, cueste lo que cueste.

Ese terror se fue repitiendo y profundizando a lo largo de los años, en algunos otros episodios durante la primaria me salieron lagrimas frente a otros en la escuela y aunque nunca volví a vivir la maravillosa experiencia de que todos se rían de mi en el aula cada uno de esos episodios me resulto igual de traumático que el primero. Alrededor mío los varones de mi grupo empezaban ese proceso de masculinización al que nos someten a todos. De pronto todo empezaba a ser sobre fútbol, empezaba a haber peleas a puño limpio en los recreos, chistes sobre chicas que ni ellos mismos entendían del todo, e incluso algunas referencias sobre el sexo llenas de inocencia e ignorancia. Nunca los había visto llorar, para que lloraran les tenia que pasar algo “serio” como lastimarse en la clase de educación física,

Yo seguía siendo el llorón del grupo. Lo detestaba profundamente. En sus investigaciones C.J. Pascoe describe lo grave que es para los hombres ser catalogados como “maricas” o “llorones” durante la infancia o la adolescencia, uno de los chicos a los que entrevisto para escribir “Dude, You´re a Fag” lo describe muy bien: “que te llamen marica es como que digan que no sos nadie, que no existís”.

Durante esos años el nene sensible y extrovertido que fui durante mi primera infancia se fue transformando en la persona más bien tímida y callada que fui durante gran parte de mi adolescencia. En cierta forma la solución a la que había llegado era bastante lógica; si lloraba porque mis sentimientos así lo provocaban, entonces solo tenia que suprimir esos sentimientos todo lo que pueda, esconderlos y evitar a toda costa que salieran a la luz.

Este en cierta forma es el proceso por el que pasamos de una u otra forma todos los varones. Nos disciplinan y castigan para que evitemos cualquier expresión de sentimientos y emociones que no sean “masculinas”, siendo las expresiones “masculinas” el enojo, la rabia y la frustración. En cierta forma nos castran sentimentalmente, hacen que seamos incapaces de tener cualquier tipo de intimidad sentimental con nosotros mismos y con los demás.

Y lo que es peor, nos transforman en nuestras propias victimas. Al final ya ni siquiera me importaba la presión social o el miedo a que se volvieran a reír de mi. Era yo mismo el que me mantenía a raja, me convirtieron en mi propio carcelero y torturador, yo mismo me aleccionaba y asesinaba mis emociones apenas aparecían.

Esa quizás es una de las mayores fortalezas del patriarcado y también uno de sos costados más inhumanos. Nos obliga a ser crueles con nosotros mismos.

¿Cuál es el precio que pagamos para ser extraños a nuestros propios sentimientos?.

La falta de inteligencia emocional y la incapacidad de poder identificar correctamente lo que sentimos y de poder desahogarnos nos trae grandes problemas a los hombres. Varios estudios muestran que existe una gran correlación entre ser un hombre que cumple con todos los estándares de  la masculinidad hegemonía y la posibilidad de sufrir graves problemas de salud mental en algún punto de la vida. No es casualidad que sea nuestro genero el que más sufra problemas de alcoholismo y abuso de otras sustancias.

Podes reconciliarnos con nuestros propios sentimientos es muy importante. Es necesario para poder vivir con plenitud y para poder resolver  correctamente los problemas que se nos presenten.

Sobre todo, necesitamos reconciliarnos con nuestras propias lagrimas, necesitamos empezar a dejar a salir todos esos llantos que reprimimos a lo largo de nuestra vida o que transformamos en violencia o agresión al no poder desahogarnos correctamente. Llorar no es algo negativo; es parte esencial de nuestra propia humanidad, es un medio de expresión que nos permite comunicarnos con los demás y también con nosotros mismos. Cada vez que lloramos un poquito también nos recordamos que somos humanos, que nos toca vivir una vida que a veces puede ser dura y cruel y otras veces puede ser maravillosa. Llorar nos recuerda que vinimos a este mundo a sufrir y a ser felices, que ambas cosas son parte de la experiencia humana y no podemos elegir tener una sin la otra.

Llorar nos recuerda que somos humanos.

Fran Pintadera escribió un hermoso libro de poemas sobre lo que significa llorar. Podemos llorar porque sufrimos, porque estamos tristes, porque estamos rebalsados, porque estamos felices, porque extrañamos a alguien, podemos llorar por muchas cosas.

Pero no importa cual sea el motivo. Llorar nos permite crecer, cada lagrima que sale de nosotros nos nutre y nos hace mejores. Si no lloramos, de a poco nos convertimos en piedra.

Algunos datos sobre las lagrimas que capaz no sabias:

  • Las lagrimas están hechas casi totalmente por agua, pero también tienen otros elementos que les da el sabor salado.

  • Cada vez que lloramos nuestro cuerpo libera varias hormonas que actúan como analgésicos naturales. Por eso siempre nos sentimos mejor después de llorar. Llorar es un autentico mecanismo de defensa que tenemos incorporado dentro nuestro.