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  • Nenes No Lloran

¿Un Dibujito Puede Enseñarte a Llorar?

Antes ver dibujitos era un ritual, tenías que saber a qué hora empezaba el programa que te gustaba y prepararte para ese momento. Yo veía los Power Rangers, que se transmitían en Magic Kids de lunes a viernes a las 17 hs. Antes de que empezarán ya tenía listas las galletas y el vaso con leche chocolatada. Merendaba viendo a un grupo de adolescentes luchar contra peluches gigantes.

En esas épocas tenía prácticamente una agenda de los programas que me gustaban. Power Rangers era a las 17, Pokémon debía ser posterior a eso pero por Cartoon Network. Un tiempo después me enganché con Yu-Gi-Oh que sacaba capítulos nuevos los sábados. Eso me gustaba, no entendía porque los capítulos nuevos de todo se estrenaban durante la semana y no los sábados y domingos cuando nadie tenía que ir a la escuela.

Cuando empecé la escuela no muchos de mis compañeros hablaban sobre los dibujitos que veía, pero si hablaban mucho de fútbol, tema del que yo no sabía nada. Cuando iba a jugar en sus casas descubría que tenían la tele en Cartoon Network o en Magic Kids prácticamente todo el día. Si miraban dibujitos, pero no hablaban de ellos, no al menos con el entusiasmo que a mi me generaban. Ese entusiasmo ellos lo tenían por el fútbol.

En el último año de la primaria mis papas me regalaron un libro de Harry Potter. Fue el primer libro que leí de la forma en la que se suponen que deben ser leídos los libros: lo devore, me obsesione con sus páginas hasta que el pegamento de la tapa cedió y sus hojas se llenaron de manchas. El año siguiente caí a la escuela con carpetas y cartucheras del mago. Me había vuelto un fan.

Siempre digo que desconfío de la gente que no siente fanatismo por nada. Creo que ser fanáticos de algo es un acto humano, profundamente identitario y esencialmente natural. No ser fanáticos de nada es pretender una neutralidad que es imposible de mantener. Quien pretende ser neutral en todos los aspectos de la vida pretende no tener alma.

Probablemente me obsesione con Harry Potter porque su historia resonaba en mi. El chico que mantenían escondido en un closet y que luego descubre toda la magia oculta en su interior, el chico que se sumerge en un mundo maravilloso, que hace amigos nuevos y encuentra su sentido de pertenencia. Harry Potter era todo lo que yo quería ser cuando tenía 12 años y sentía que había una innumerable cantidad de cosas en mi que no funcionaban correctamente. Esperaba que me llegará la carta de Hogwarts y me diera la oportunidad de escapar de mi propio closet.

Vivimos nuestra vida a través de relatos y narraciones. La cultura pop nos permite elegir los relatos que nos gustan casi como si estuviéramos en un supermercado, hay historias de todos los colores, orígenes e ideologías, y eso me parece fantástico. Detesto la crítica ultra-ideologizada que considera a la cultura pop como una manufactura industrial de historias descartables. Si la cultura pop es eso, es porque nosotros somos eso, nuestras historias son eso; inabarcables, infinitas, imposibles de resumir en un par de tomos de tapa bonita y precio elitista.

Las historias de la cultura pop nos muestran lo que somos y lo que podemos ser, nos ayudan a imaginar eso a lo que queremos aspirar cuando no tenemos en nuestra mente las herramientas necesarias para poder hacerlo por nosotros mismos. Probablemente Harry Potter me haya enseñado a hacer uso de esa imaginación, no sé qué tan lejos habría llegado sin eso.

En un mail anterior escribí que el mayor problema que tenemos quienes hablamos de masculinidades o nuevas masculinidades es la comunicación. Somos excelentes en problematizar el tema, en ponerlo en discusión, en señalar y teorizar todos aquellos aspectos de la masculinidad que nos hacen daño, pero somos pésimos en ofrecer soluciones o incluso en hacer que nuestras discusiones le lleguen a gente que está por fuera de nuestras burbujas de opinión.

Necesitamos historias. Casos de éxito. Narrativas que podamos mostrar, no de todo lo que está mal en la masculinidad, sino de ejemplos que sean dignos de imitar, dignos de admirar.

Hace algunos años, cuando Peaky Blinders se puso de moda, me daba algo de cringe ver a algunos amigos varones que de pronto llegaban a la facultad con boinas y chalecos del siglo pasado. Escribo estas líneas y me doy cuenta de que yo hacía exactamente lo mismo con Harry Potter. Cuando nos hacemos fans de algo nos metemos en una curva de performatividad que es hermosa. De pronto eso que nos fanatiza aparece en nuestras paredes, en nuestros tatuajes, en nuestro vocabulario, se mete en nuestra personalidad y nos transforma.

Por supuesto, podríamos teorizar sobre ese aspecto de la naturaleza humana y mencionar la cantidad de veces que el fanatismo produjo tragedias. Pero no quiero hacer eso, porque creo que se trata de algo que no tiene mucho sentido problematizar por la simple y sencilla razón de que no va a cambiar. Siempre vamos a ser fanáticos de algo: una religión, un club de fútbol, un partido político, etc. Y ya que no podemos cambiarlo, al menos podríamos utilizar eso para hacer algo de bien.

No le tenía mucha fe al spinoff de Harry Potter, pero cuando vi la primera película de Animales Fantásticos me quedé enamorado de su protagonista. Newt Scamander era un personaje varón muy atípico, tímido, de movimientos lentos y reflexivos, que muchas veces interactúa con los demás sin mirarlos a los ojos, bajando la mirada. Es el tipo de chico por el que nadie apostaría en la escuela y en esa historia era el protagonista.

Todos aprendemos nuestra performatividad en base a un juego de imitación. Mis compañeros de la secundaria hablaban más de fútbol que de dibujitos porque era lo que se esperaba de ellos, se cortaban el pelo como sus jugadores favoritos porque era lo que se esperaba de ellos. Los modelos de rol que nos ofrecen tienen un impacto tremendo en nuestras vidas, por eso la representación es tan importante, por eso es tan importante que haya dibujos que empiecen a mostrar personajes no hegemónicos, de piel oscura, con sexualidades o identidades de género no tradicionales, personajes que ocupen roles centrales y protagónicos. Todos queremos ser protagonistas de nuestras propias historias, pero si viven poniendo a quienes se nos parecen en roles secundarios nunca vamos a aprender a tomar el centro de la escena.

Y los varones también necesitan tener nuevas historias en las cuales inspirarse. Historias que los ayuden a reencontrarse con sus propias fragilidades. La canción Rene de Residente tuvo un efecto hermoso en muchos de los varones tradicionales que conozco. Todos la compartieron en sus redes, todos admitieron haber llorado cuando la escucharon o cuando vieron el video. Eso es lo que necesitamos, más cosas que hagan llorar a los varones de nuestras vidas.

Hace unos días les pedí en Instagram que me enviarán ejemplos de personajes masculinos de la cultura pop que tuvieran una masculinidad no tradicional. Muchas de las respuestas eran de figuras en las que ya había pensado, otras no se me habían ocurrido, pero lo que más me gusto fue ver como todos tenían identificado algún ejemplo e incluso alguna característica puntual que les llamaba la atención. Esto me gusta porque no tiene miedo de llorar, o porque es tímido y no por eso es menos valiente, o porque no es valiente y no tiene drama en ocultarlo. ¿Qué es lo que tienen en común todos? Que en el fondo lo que admiramos son cualidades profundamente humanas, cualidades que seguramente nos gustaría ver en nosotros mismos.

Cada vez que un hombre tradicional llora en público suele armarse mucho ruido en las redes. Gente que lo aplaude, gente que dice que no deberíamos armar tanto escándalo por alguien llorando. Los que hablamos sobre masculinidades, hay que admitirlo, a veces somos muy aguafiestas. Nos pasamos diciendo que los varones tienen que aprender a lidiar con sus sentimientos pero cuando aparece un varón que lo hace lo reprimimos porque “tampoco está haciendo algo extraordinario”.

Pero quizás sí lo esté haciendo. Si pasaste toda tu vida siendo aleccionado sobre cómo los hombres no tienen que tener sentimientos, si te reprimieron las emociones hasta el cansancio, entonces ese momento en el que dejas caer las barreras y lloras frente a una cámara es extraordinario, profundamente extraordinario. Es extraordinario en tu propia vida y es extraordinario en la vida de todas las personas que pasaron por lo mismo que vos.

No está mal querer ser extraordinario, porque al fin y al cabo las buenas historias, las que nos inspiran y nos mueven son eso. Todos queremos ser extraordinarios, queremos romper la quietud y el status quo de nuestras vidas.

Está bien que a veces creamos que llorar es algo extraordinario. Porque si pasaste toda tu vida escuchando que Los Nenes No Lloran, entonces lo es.

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Siempre sentí una obsesión por la vida de los escritores que me gustan, me fascina conocer sus historias, sus padeceres, sus dolores y la lucha que tuvieron que llevar adelante para lograr ser publica