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  • Nenes No Lloran

Tranqui, entre amigos nos cuidamos 🤫

Actualizado: 20 sept 2021

“Para inaugurar el grupo, les paso el video que les había comentado.”

El grupo de WhatsApp era de una materia práctica en abogacía. Carrera que intente cursar sin grandes resultados apenas me egrese del secundario. Al igual que ahora en ese momento odiaba los trabajos en grupos.

El video, como se imaginaran, era un video porno en el que uno de los chicos estaba teniendo sexo con una chica. Por lo que entendí, la chica era bastante conocida en la facultad.

Los comentarios por supuesto no se hicieron esperar: “que grande mi loco” “mírala vos a la p*utita esa” “¿te jode si lo reenvió?”.

“Na, reenvía tranqui, total no se ve mi cara.”

Efectivamente, en el video no se veía la cara del que graba. Si sus genitales, pero aparentemente está bien que no te moleste si mucha gente ve tus genitales masculinos en un video. Lo que sí se veía era el rostro de la chica, era el principal motivador para compartir el video.

Si sos varón, capaz tengas dos o tres recuerdos de estos en tu cabeza. No del hecho puntual, si no de cómo se expresan los pactos de caballeros. Piénsenlo un segundo: el chico que nos envió el video nos acababa de conocer hace horas, no tenía idea de quiénes éramos, apenas si conocía nuestros nombres, y aún así, como éramos todos varones, se sentía en la confianza necesaria para enviarnos ese material e incluso alentarnos a compartirlo.

El fenómeno que explica estas situaciones tiene un nombre: complicidad masculina.

En muchos mails anteriores escribí un montón sobre cómo las relaciones de amistad entre hombres son sumamente tóxicas y degradantes, generando que tengamos muy pocas amistades “de verdad” con las que podamos hablar libremente sobre lo que nos pasa. Hoy voy a hablarles de la otra cara de esa moneda.

La complicidad masculina podría definirse como la red de complicidades y reciprocidades que los hombres tenemos entre nosotros solo por ser hombres. Es algo de lo que somos socios incluso si no queremos serlo, porque es tan poderosa que funciona incluso entre hombres que no se conocen entre ellos.

Salvo que por algún motivo otro hombre decida desconfiar de vos -como por ejemplo si sospecha que sos homosexual- siempre va a pensar que sos parte de esa red y se va a sentir en confianza para preguntarte si tal mina te parece que tiene buen culo o para contarte su ultima aventura sexual.

-Una vez me cogí una minita en esa esquina, no sabes lo que estaba- me dijo un taxista señalándome una esquina, para luego entrar en una muy detallada descripción de sus aventuras sexuales, mientras yo lo miraba desde atrás intentando disimular el asco.

La complicidad masculina une a los hombres. Genera entre ellos comunidad y cohesión social, refuerza los procesos identitarios que la masculinidad hegemónica genera y lo que es más importante: genera un ámbito de seguridad en el que es seguro moverse.

El idiota que nos paso un video porno firmado sin consentimiento nunca lo hubiese hecho si no se sentía seguro, si no tenia la más absoluta certeza de que ninguno de nosotros iba a delatarlo o a marcarle algo en su conducta. Es esa seguridad proveída por la complicidad masculina la que alimenta algunos de los peores aspectos del patriarcado.

¿Qué es lo peor que conoces de tus amigos varones?

Esa red de complicidades genera certezas peligrosas. Casi todo vale, casi todo es perdonable, porque entre varones nos cuidamos y protegemos.

“Estoy con vos bro, hasta la muerte” es un mensaje bastante fácil de encontrar en los perfiles de redes sociales de varones que fueron escrachados por acoso o abuso. Siempre, pero siempre, son escritos por otros varones. Pero esa complicidad también se expresa de formas mucho más siniestras.

El 18 de enero de este año un grupo de rugbiers asesinó en patota a Fernando Baéz Sosa, un chico cuyo único “error” había sido derramar vino en la camisa de uno de sus asesinos.

La investigación policial demostró que en los momentos posteriores al crimen, el grupo de “amigos” festejaron la paliza que le habían dado a Fernando. La complicidad masculina es tan tóxica y atrapante, que puede incluso llevarte a festejar una muerte.

A festejarla, y a ocultarla también. Durante los primeros meses de la investigación el grupo de rugbiers formó un sólido pacto de silencio. Ninguno de ellos delataría a quienes habían tenido mayor participación en el crimen. La justicia tuvo que valerse de testimonios de otras personas y evidencia de distintas fuentes para reconstruir lo que había pasado e identificar mejor a los asesinos directos de Fernando.

Con el comienzo de la pandemia las noticias sobre este crimen empezaron a desaparecer, busque y no encontré si es que efectivamente ellos mantenían ese pacto de silencio o si la justicia ya había logrado romperlo.

“Entre nosotros nos cuidamos” es lo que piensan inconsciente o conscientemente la mayoría de los varones según Javier Vargas. Cuando sabes que tenés a la mitad del género humano cubriendo las espaldas, cualquier atrocidad parece más fácil de realizar sin consecuencias.

Es hora de traicionarnos a nosotros mismos

Decir que hay que “romper” esa red de complicidades es a la vez correcto y considerablemente ingenuo. La realidad es que la red es mucho más difícil de romper de lo que parece.

Cuando uno habla de una “red de complicidades” lo que imagina es una serie de reuniones secretas en las que algunas personas planean cometer un asalto a un banco. Pero la complicidad masculina está cimentada sobre estructuras más más complejas. La red se construye sobre pequeños actos cotidianos que se van sumando durante el tiempo, desmantelarla implica cambiar por completo las formas en las que los varones nos relacionamos entre nosotros.

Al decir de Oscar Acuña Moraga, el colectivo masculina desarrolló un sistema de lenguaje, prácticas, métodos y comportamientos en el que todos somos socializados. Es imposible derogar  un sistema tan complejo si no tenemos un sistema ya listo que pueda reemplazarlo instantáneamente.

Pero es un proceso necesario igual. Necesitamos renunciar al sistema de complicidades y empezar a responsabilizar a nuestros amigos, hermanos, compañeros de trabajo o incluso nuestros padres por los errores o actos abusivos que cometen.

Cuando rompemos el silencio corporativo nuestros círculos sociales empiezan a sanar y salen a la luz todas esas cosas que veníamos ocultando. Es doloroso, si, pero muy necesario. Incluso si nosotros mismos tenemos cosas que no queremos mostrar (y es muy probable que las tengamos) sacar esas cosas de la alfombra es el primer paso para poder resignificarlas y procesarlas de otra forma. Es nada más y nada menos que el primer paso para dejar de hacerlas.

Todo se reduce -y esto ya lo dije en muchas entregas anteriores- a la necesidad de cambiar por completo la forma en la que los varones nos relacionamos entre nosotros. No solo para poder entablar relaciones más sanas y humanas; también para que dejemos de sentir que tenemos derecho a llevarnos puesto al mundo solo por tener un pito entre las piernas.