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  • Nenes No Lloran

Todos ghosteamos

Cuando bajé de su departamento me puse los auriculares y empecé a escuchar Style de Taylor Swift en un loop obsesivo. Él parecía ser todo lo que a mi me gustaba, todo lo que había conocido de su persona en ese rato que pasamos cogiendo me había enamorado: los posters de Harry Styles en la pared, la carrera de sociales, los tatuajes de buen gusto en su cuerpo, el pelo teñido de un color hermoso. Era todo lo que esperaba.

Todas las relaciones empiezan en nuestras cabezas como pequeñas fantasías y proyectos. Nos imaginamos con la otra persona, imaginamos las situaciones, construimos como abstracción lo que nos gustaría que se dé en la realidad.

“You got that James Dean daydream look in your eye, And I got that red lip classic thing that you like” cantaba Taylor en mis auriculares y yo ya me imaginaba toda una vida junto al chico de los tatuajes, las escenas ya eran reales en mi cabeza: las salidas juntos, la presentación a mis amigos, el post meloso en Instagram con una foto de los dos. Ah, que fácil que es dejarse llevar por las idealizaciones, que fácil y que bonito, un auténtico ansiolítico autoadministrado por la imaginación.

Unos días después me levanté y noté que me había bloqueado en todas las redes. Hasta entonces habíamos seguido hablando un poco más, había alguna idea de volver a vernos, la cosa parecía ir en la dirección correcta y de pronto solo quedó silencio, silencio y los restos de mis pequeñas fantasías agonizando frente a mi.

De todos los ghosteos que había vivido ese fue uno de los más dolorosos, probablemente porque estaba convencido que lo que había vivido con él, efímero y todo, era distinto, creía que “había algo”. Pensé en el chico de los tatuajes durante un par de meses luego del ghosteo. “Es como si hubiese ocupado un lugar vacante en mi cabeza y ahora no logro sacarlo” le decía a uno de mis mejores amigos al intentar describir lo que estaba sintiendo.

Todos hacemos estupideces en las redes sociales, que sigamos pretendiendo que no a esta altura me resulta infantil. Estuve un tiempo largo stalkeando al chico de los tatuajes desde otras cuentas que tenía. En el fondo lo que buscaba era alguna explicación, algún indicio, un mínimo intento de racionalidad que me ayudará a entender que había hecho mal, porque algo debo haber hecho mal ¿Por qué otra razón me bloquearía de un día para otro?.

El término “ghosting” apareció por primera vez en el 2006 en un diccionario de vocabulario urbano de EEUU. “El acto de desaparecer sin aviso y cancelar planes sin muchas explicaciones” fue la primera conceptualización en esas páginas. No incluye ninguna mención a la tecnología, quizás porque la idea de “desaparecer” de la vida de otras personas ya existía mucho tiempo antes, pero lo que hoy conocemos como ghostear es indisoluble con respecto a la vida digital.

Ghosteamos porque es una forma sencilla e indolora (al menos para quienes ghostean) de terminar con los vínculos, un método indirecto de ruptura que no implica grandes esfuerzos, tan sencillo como apretar ese botón que dice “bloquear” y pasar a otra cosa, después de todo la próxima cogida está siempre a tan solo algunos clics de distancia.

Pero el dolor y el mal rato que nos ahorramos al ghostear siempre se lo terminamos induciendo al otro. Al desaparecer le negamos a la otra persona la posibilidad de tener un cierre saludable, de poder racionalizar el dolor y superarlo sin demasiadas complicaciones.

La tecnología atraviesa hoy en día todas las relaciones que vivimos, está presente en todas las etapas de las mismas, especialmente en las rupturas. ¿Qué cosas hiciste luego de romper con tu última pareja? Seguro aparece en tu cabeza ese ritual que todos tenemos internalizado: se borran las fotos juntos, se ocultan los comentarios que dejo en tu perfil de Instagram, se elimina toda evidencia posible de lo que vivieron juntos.

En ese marco, ghosteamos porque es lo que sabemos hacer, es una forma de romper vínculos que está al alcance de la mano. Todas nuestras relaciones están siempre marcadas por aquello que aprendimos de experiencias previas, es difícil pedirle a alguien que tenga madurez emocional si nunca la experimento.

En una investigación hecha con personas que ghostearon y fueron ghosteadas, una de las participantes dijo que ghostear es sencillo porque te permite no tener que lidiar con el miedo al otro y a sus sentimientos. A veces ese miedo a tener que confrontar con lo que sienten los demás es más fuerte que nuestra voluntad de ser buenas personas. Las conversaciones sobre rupturas son complicadas, incluso en vínculos recientes o que nunca llegaron a tener demasiada seriedad. Enfrentarnos al dolor que podemos provocar en el otro es enfrentarnos a la idea de que no somos tan buenos.

“Algo debo haber hecho mal” pensaba constantemente luego de que el chico de los tatuajes me dejará de hablar. Todos los que somos ghosteados siempre nos echamos la culpa a nosotros mismos. “Sentí que no fui suficiente” fue una de las respuestas más repetidas en la pregunta sobre ghosting que hice en Instagram. Las idealizaciones que hacemos sobre la persona que nos gusta suelen ser más fuertes que la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Ser ghosteado duele porque te dejan sin explicaciones, sin herramientas para poder procesar el duelo de la pérdida. Una amiga que tenía hace algunos años siempre decía que le parecía importante poder cerrar con una conversación todas sus relaciones amorosas, ponerle un moño al paquete y envolverlo en papel madera junto a la otra persona. Las conversaciones de cierre a veces son muy dolorosas, exponen heridas y frustraciones, pero también son importantes para poder seguir adelante, para evitar quedar suspendido en esa sensación de pérdida inconclusa.

Ghostear excede a las relaciones amorosas. Se ghostean amigos, compañeros de trabajo o trabajos mismos, clientes, incluso hasta hijos e hijas. “Papá dijo que iba a comprar cigarrillos y se debe haber perdido porque no vuelve hace años” es de esos lugares comunes que Hollywood suele utilizar en sus producciones, a pesar de ser un lugar común nos golpea en el corazón una y otra vez, porque sabemos que no es ninguna construcción de fantasía; es algo que pasa seguido.

Y lo seguimos haciendo porque como ya dije antes es lo que sabemos hacer. No todos tienen la suerte de mi amiga de haber aprendido a cerrar los vínculos correctamente, en cambio todos tenemos la experiencia del bloqueo fácil y la desaparición como forma de disolver relaciones.

¿Cuál fue el ghosteo más cruel que hiciste?.

Cuando la relación con uno de mis últimos novios llegó a un punto de no retorno no tenía idea de cómo manejar la potencial ruptura. ¿Cómo rompes algo a lo que apostabas all-in hasta hace algunos meses? ¿Cómo lidias con todo el dolor que puede traer esa conversación?.

En ese mismo momento además estaba saliendo del closet con mis amigos y familiares, estaba empezando a conocer gente nueva. Necesitaba todo eso para poder reparar heridas cuyo dolor ya no soportaba más. El trago amargo de una conversación profunda sobre separaciones no parecía ser buena combinación con lo que estaba viviendo. Me manejé con las herramientas que tenía, que quizás no eran las mejores, pero eran las que tenía.

Deje de hablarle por varios días, deje de escribirle todas las noches preguntándole como estaba o proponiendo planes para vernos. Durante los años que duró nuestro noviazgo esa iniciativa siempre había venido de mi parte, cuando la retire, todo se degradó mucho más rápido de lo que imaginaba.

“¿Pasa algo? No me hablas hace varios días”. Cuando llegó el mensaje apareció la oportunidad de terminar todo con rapidez y sin anestesia, quería dejarlo atrás, que él y todo lo relacionado a lo que teníamos se transformará en un recuerdo cuanto antes.

“Ya no me siento cómodo con lo que tenemos, creo que capaz nos tendríamos que tomar un tiempo separados”. Sabía que él me iba a responder afirmativamente y que entre los dos iba a quedar implícito que “ese tiempo” en realidad era “para siempre”: Así fue, y nunca más volvimos a hablar. Nunca le dije cuáles fueron las cosas de la relación que me habían hecho mal, nunca le dí a él la oportunidad de decirme a mi las cosas que a él le provocaban dolor, todo quedó en ese intercambio escueto, con una infinidad de cosas no dichas enterradas en los espacios del Whatsapp.

Me arrepiento de que haya sido así, pero no se si lo cambiaría. El ejercicio contrafáctico siempre es independiente de las circunstancias del momento que se cuestiona y la realidad es que “en ese momento” no habría podido terminarlo de otra forma. Aprendí a cerrar mis vínculos como un adulto responsable luego de esa experiencia, en gran parte gracias a ella.

Todos ghosteamos y todos somos ghosteados.