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  • Nenes No Lloran

Tenerle miedo a quien debería protegerte

Actualizado: 27 sept 2021

Desde el inicio de la manifestación el aire estaba cargado de tensión. Hacia un calor abrasador que solo lo empeoraba todo. A medida que nos acercábamos a la peatonal la adrenalina subía y el choque se hacia inminente. A menos de 150 metros de la legislatura provincial la policía había montado una serie de vallas imponentes, de un tipo que nunca había visto; eran autenticas paredes enrejadas de acero de 2 metros de alto. Detrás de ellas, una línea de oficiales de infantería nos esperaba, todos con escudos y palos en sus manos.

Ese día la legislatura cordobesa votaba una nueva ley de educación provincial. Una norma que había sido resistida por la mayor parte de las organizaciones estudiantiles de la provincia luego de un proceso de debate muy trunco que incluyó tomas de escuelas, masivas movilizaciones y en general una actitud de oídos sordos de las autoridades políticas del momento. Todos los que fuimos a la manifestación ese día sabíamos que ser reprimidos era una certeza casi absoluta.

Pero en ese tipo de situaciones, la realidad siempre termina siendo mayor que lo que uno se imaginaba al principio. Todo se salió de control muy rápidamente: piedras, gritos, empujones, de pronto todo el ambiente se tiño de olor a gas lacrimógeno y ruidos de balas de goma que rebotaban en el piso. A donde antes había una multitud organizada para avanzar hacia adelante ahora habían corridas y pequeños grupos de policías que iban rodeando gente y las molían a palos. En el medio de todo el caos, llegue a ver dos o tres imágenes que se me quedaron grabadas para siempre: un policía arrastrando de los pelos a una chica, otro que perseguía a un grupo de chicos que buscaban refugio en kioskos cercanos y otro grupo de oficiales que salió de la nada con itacas y disparaban balas de goma hacia la multitud sin ningún tipo de piedad, como si fueran un escuadrón de fusilamiento.

Todos estos son recuerdos que tengo de la primera vez que vi una faceta de la policía que hasta entonces desconocía. Una faceta llena de ira y violencia, con una capacidad de desplegar terror y represión de manera profesional. En este newsletter me gusta hablar de esos pequeños momentos que de alguna manera resultan fundantes en nuestras vidas, esos instantes que se inscriben en nuestra memoria y cambian de manera estructural lo que pensamos sobre un tema o sobre la vida en general. Después de este episodio de represión, nunca más volví a ver de la misma forma a los policías con los que me cruzo en las esquinas.

La institución modelo del patriarcado

Si el patriarcado es un sistema político, social y económico que atraviesa cada uno de los aspectos de nuestra vida individual y de nuestra vida en sociedad, las fuerzas de seguridad son uno de los rincones en los que ese sistema puede actuar con cierta “concentración” ideológica que quizás en otras áreas ya no es tan aparente.

Ocurre que al igual que en otras instituciones como el ejercito, en la policía se celebra y reproduce un modelo de masculinidad agresiva y exacerbada, que enseña a despreciar y violentar existencias que son consideradas menores o despreciables. No importa si sos morocho, negro, mujer, pobre, gay, lesbiana o trans. La policía siempre va a encontrar una excusa para descargar sobre vos décadas de violencia institucionalizada.

Esta hipermasculinización de las fuerzas policiales empieza en sus procesos de formación. No se trata de algo que viene desde afuera y se inserta en la institución, si no que por el contrario nace en la misma institución y se reproduce en cada uno de sus miembros, que luego dejan que esa masculinidad toxica tiña las relaciones que la fuerza tiene con la sociedad en general. 

Este proceso de masculinización de la fuerza policial es tan poderoso que incluso termina afectando a sus agentes femeninas, aquellas que probablemente hayan pasado sus vidas siendo victimas de la masculinidad toxica, pero que al entrar a la fuerza terminan adquiriendo modos de hacer y comunicar típicos de la hipermasculinización. Un estudio de México revela que esto incluso funciona como un mecanismo de supervivencia y adaptación. En prácticamente cualquier fuerza policial del mundo, si no estas hipermasculinizado no solo que probablemente no llegues muy lejos; además vas a estar en serio riesgo.

Otro estudio realizado sobre la policía de la provincia de Buenos Aires revela un poco más sobre como funciona este mecanismo. Se enseña a los policías a seguir un modelo de agente policial caracterizado por el vigor, la bravura, la agresividad y la falta de miedo. Fuerza y virilidad como aspectos deseables en contra posición con fragilidad y sensibilidad. El mismo binarismo que nos afecta a todos, pero con armas de fuego.

Una falsa concepción de la seguridad.

Detrás de la construcción de la fuerza policial se esconde un marco conceptual que asocia seguridad con violencia y represión. La tan mentada “paz social” como estado social es realizable solo mediante la fuerza física organizada que puede apagar y extinguir cualquier intento de subversión. Es este marco conceptual el que justifica que tengamos una fuerza policial formada con parámetros militarizados, con agentes armados hasta los dientes que ven en cada operativo una especie de acto de guerra más que una acción preventiva.

Si cada control policial en la calle es una trinchera, entonces es entendible que en la cabeza de un policía sea razonable disparar a un grupo de adolescentes que andan en auto.

Pero la seguridad no es una guerra. No debería ser una guerra.

La seguridad y la paz social son estados deseables si, por supuesto, pero que solo pueden ser alcanzados mediante políticas de cuidado que prevengan los conflictos o que puedan solucionarlos exitosamente en vez de reprimirlos. Una política de cuidado que no vea en la sociedad elementos indeseables que deben ser eliminados o reprimidos si no un inmenso tapete de diversidad que vale la pena conocer y estudiar. La principal herramienta de alguien que desee de verdad construir paz social debe ser la empatía, no el sentimiento de superioridad que ve solo seres inferiores.

Por eso es tan importante desterrar de nuestras fuerzas policiales a la masculinidad toxica, porque esa masculinidad solo ve en cualquier perspectiva de cuidado la fragilidad de lo femenino. Una herramienta femenizada que no sirve de nada en una guerra o en una batalla. 

Encarar un proceso de reforma estructural de nuestras fuerzas de seguridad puede ser un proceso difícil y complejo, pero es necesario, muy necesario, porque cada día que pasemos sin hacerlo será un día más donde una institución financiada y mantenida por el estado seguirá fabricando victimas.