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  • Nenes No Lloran

Ser parte de algo más grande.

¿De qué está hecho el status quo de una sociedad?. Si algunos filósofos y sociólogos de nombre raro tienen razón y vivimos en una sociedad líquida, entonces es fácil imaginarse al status quo como la quietud de una laguna inmensa que permanece inalterada, estancada, un cuerpo de agua que tomo determinada forma en algún momento y permanece así durante siglos, hasta que algo pasa, algo rompe la quietud y genera tensión superficial, lo que hace que el cuerpo de reacomode, se expanda, que las cosas que flotan en su interior cambien de lugar. Ningún status quo se rompe en silencio, sus rupturas siempre son ruidosas, escandalosas, a veces caóticas, como una lluvia de verano que trae agua nueva a una laguna que se estaba pudriendo por dentro.

Stonewall en Nueva York fue nuestra primera lluvia de verano. Es increíble como momentos tan pequeños, eventos que podrían ser terriblemente insignificantes, terminan cambiando la historia para siempre. El hecho de que eso sea así a veces me hace dudar de si en verdad no existirá “el destino” o alguna otra cosa medio profética. Una sola noche de rebeldía puede alterar la quietud de un mar entero que venía décadas sin agitarse

Pienso mucho en esa primera revuelta de Stonewall. ¿Qué es lo que habrá determinado que sea justo esa noche de 1969? ¿Qué habrá pasado por la cabeza de los gays y las personas trans de ese pub que justo esa noche ya no se bancaron más la violencia de las redadas policiales? ¿Por qué fue justo ese día? ¿Por qué no fue la noche anterior o la noche siguiente? ¿Es todo coincidencia o hay algo que lo explique?.

Quizás esas razones no sean tan importantes. Lo importante es que paso. Esa noche, cansado o cansada de los abusos, alguien levantó la mano, alguien agarró alguna silla o alguna botella y se la tiro a los policías con la fuerza de una comunidad que llevaba siglos en silencio. Alguien rompió la quietud superficial de la laguna y sus aguas no volvieron a calmarse nunca.

Un año después de que ese grupo de putos y trans se revelará por primera vez ante la policía, más de 10.000 personas se congregaron en ese mismo lugar. El silencio y la quietud del agua ya no podían regresar, al primer grito de Stonewall le siguieron luego miles y miles de gritos más. Así se rompe la quietud del status quo, un grito a la vez.

Los ecos de esos gritos llegaron a Argentina en 1992, cuando la organización homosexual Nuestro Mundo convocó a la primera marcha del orgullo en nuestro país. Asistieron 250 personas, muchas de ellas llevaban caretas de cartón cubriendo sus rostros por miedo a que alguien las reconociera y eso provocará que perdieran sus trabajos o que sus familias las repudiaran. Me enteré de este dato mientras leía algunas cosas para escribir este mail y me genera sensaciones difíciles de describir.

Pero al igual que pasó con Stonewall, los primeros gritos de esa marcha se fueron repitiendo y aumentando con el tiempo. La marcha del orgullo en Argentina fue creciendo sistemáticamente año a año. Ayer, en su edición número 30, más de 800.000 personas participaron. De 250 a casi 1 millón. Ya no hay más quietud en la laguna y eso es algo bueno.

Una vez charlando con mi novio él me decía que una de las cosas que le gustan de ser puto es sentir que sos parte de algo más grande, de una historia que te trasciende completamente. 250 locos y locas marcharon un día en Buenos Aires para que 29 años después 800.000 pudiéramos hacerlo, ya sin caretas, ya sin miedo a perder nuestros trabajos, siendo conscientes del enorme poder que tenemos cuando estamos todes juntes. La historia es así, trasciende en el tiempo, sus efectos se multiplican y tienen consecuencias inimaginables.

En mi primera marcha del orgullo yo sentí eso mismo que él me describió como “sentir que sos parte de algo más grande”. Que mágica que es esa primera vez, ver todos esos colores, el baile, la mística, pero sobre todo conocer a la comunidad, darte cuenta de que ya no estás solo, de que hay otros y otras como vos que pasaron por las mismas cosas, que también tuvieron que sufrir las burlas en la escuela, la indiferencia en la familia, las miradas de odio en la calle. Nos hicieron creer que estábamos solos y cuando nos damos cuenta que no es así nos volvemos infinitamente poderosos.

Hay tantas imágenes bonitas que te encontras en una marcha del orgullo que nunca podría describirlas por completo en un mail como este: las niñeces trans que marchan con sus padres, las familias diversas que van de la mano, el viejito o la viejita que va con una bandera del orgullo cantando junto a personas que tienen muchísimos años menos que ellos. Anoche vi un tuit que no logré volver a encontrar, de alguien que contaba que en la marcha un viejito se acercó a él y a su pareja llorando para decirles: disfruten esto, porque nosotros no lo tuvimos.

A las disidencias nos niegan grandes partes de nuestra vida. Nos quitan la posibilidad de ser niñes, de ser adolescentes, de ser viejes. Nos fuerzan a vivir vidas rotas con etapas enteras tragadas por un status quo que niega nuestras existencias. Y seguimos marchando igual, recuperando de a poco todos esos pedazos de vida que nos negaron. Se suele decir que somos insoportables, que siempre estamos pidiendo algo nuevo, y probablemente sea verdad; somos insoportables, hay que ser profundamente insoportables para lograr quebrar el status quo de la laguna.

Ser insoportables nos permitió que cada vez más gente se animará a sumarse a nuestras marchas. Porque no es que hoy hay 799.750 putos, lesbianas, trans, travestís y no binaries más que en 1992, lo que ocurre es que ahora sabemos que no estamos solos y que nos podemos sacar de encima el miedo que nos enchufaron.

Ser insoportables nos permitió dejar las caretas de cartón para salir a la calle cubiertos de glitter, maquillaje y banderas con muchísimos colores. Ser insoportables nos permitió ganar el derecho de llenar una avenida con camiones y parlantes para saltar y bailar hasta que bajara el sol. Tenemos todo eso porque fuimos infinitamente insoportables. ¿Por qué dejaríamos de serlo?.

La dignidad se aprende mediante contagio y una vez que la aprendes es imposible dejarla de lado. Nuestro poder más grande no está en esas 800.000 almas que ayer salieron a la calle, sino en las incontables almas más que vieron las imágenes de la marcha desde sus casas, en sus teléfonos o en sus televisores, en esas almas que ayer descubrieron que no están solas y que quizás el año que viene se animen a sumarse. Es por eso que algunos detestan que seamos tan insoportables, porque saben que mientras más insoportable somos, más grandes son nuestros números.

Somos parte de una historia más grande que nosotros mismos. 250 personas marcharon una tarde de 1992 para que 29 años después yo pudiera marchar de la mano de mi novio junto a otras 800.000. Eso es la libertad, algo que resuena y trasciende en el tiempo.

Estoy enamorado de las marchas del orgullo, estoy enamorado de la gente que encuentro en ellas, de los besos cubiertos por la multitud, de los camiones que ponen música pop y máquinas de humo. Estoy enamorado de esa libertad que te llena las venas y te hace sentir que todo lo que viviste hasta ahora valió la pena. Estoy enamorado del que te para en medio de la marcha para decirte que le encanta tu outfit y de los vendedores de cerveza en lata. Estoy enamorado de saber que el futuro es nuestro.

El futuro fue nuestro desde ese primer día en el que una decena de personas se enfrentó a la policía en Stonewall. Creo que eso es lo que más bronca les da a quienes nos odian: saber que quizás el pasado es todo de ellos, pero el futuro es nuestro, siempre lo fue, siempre lo será, y no hay nada que puedan hacer al respecto. La laguna nunca volverá a estar en quietud, y en ese caos inmenso que viene con las lluvias de verano, todos, todas y todes vamos a ser un poquito más libres con cada día que pasa.