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  • Nenes No Lloran

Romper cosas no es sentir placer

—Hacerle la cola a una mina es la cosa más linda del sexo— nos decía el profesor en el medio de su clase, por algún motivo que no recuerdo habíamos quedado solo los varones en el aula ese día —al hacerles la cola es como que las terminaste de conquistar, no hay nada más fuerte que puedas hacerles que eso.

El profesor de comunicación era prácticamente el único de la secundaria que se animaba de hablarnos de sexo en sus clases, sus comentarios y las pseudoclases de educación sexual de la profe de biología fueron lo más cercano que tuvimos a la idea de “aprender de sexo” en el colegio. Pero a diferencia de la de biología, el de comunicación solo hablaba de sexo cuando estaba solo con los varones, y siempre era para hacer comentarios sobre sus propias experiencias. Los varones aprendemos de coger de esa forma; hablando con otros hombres.

La cuestión anal estuvo presente siempre en nuestro despertar sexual, para los varones heterosexuales de mi curso era el máximo premio al que podían aspirar, una obsesión que los desvelaba. El camino del sexo empezaba con el oral, continuaba por el tradicional y finalizaba con ese eufemismo: hacerle la cola a alguien. Eso es el sexo en el lenguaje de los varones tradicionales, siempre algo que se le hace a los demás.

La cuestión anal para los varones trasciende a la experiencia sexual misma y se escapa mediante el lenguaje hacia otros campos de la vida. Aparece siempre como un recurso útil para ilustrar situaciones en las que se somete a otros. “Mira, mira, mira, sácale una foto, se van de la cancha con el c*ulo roto” dice una de las canciones de tribuna más utilizadas en la cultura argentina.

Ese es otro dato interesante sobre la cuestión anal que aporta el lenguaje. Los penes se chupan, las vaginas se cogen o se garchan, pero los culos, los culos se rompen. El imaginario sexual sobre el tema es bastante acotado y específico: hacerle la cola a alguien es hacerlo sufrir, es un acto en el que solo el “activo” siente placer, mientras la persona receptora solo siente dolor. Quizás por eso el tema sea una auténtica obsesión para tantos varones, es el objetivo máximo de la dominación sexual: disfrutar mientras el otro sufre.

El chiste bobo que suele repetirse en las conversaciones de varones sobre el tema es que luego de “hacerle la cola” a alguien esa persona no va a poder sentarse más. Hay como una cosa de dejar marcada a la otra persona, de asegurar que va a seguir sufriendo después del acto sexual. El refugio más eficiente de la crueldad humana es la sexualidad de las masculinidad tradicional.

Penetrar y nunca ser penetrado.

La relación entre la cuestión anal y la homosexualidad es uno de los vínculos más potentes de los discursos hegemónicos sobre el sexo. Si penetrar es el acto masculinizante por excelencia, entonces ser penetrado es exactamente lo contrario. Si es un hombre el que es penetrado entonces es un traidor a su género, un hombre de mentira, un maricon que avergüenza a su especie.

“Lo que define a un cuerpo como masculino es ser impenetrable” dice Javier Saez. Esa concepción inunda la cultura popular y las conversaciones entre varones. Hace algunos años se viralizó en internet un “decálogo del macho argentino” que incluía ciertas normas que permiten definir que “tan hombre” es un hombre. Una de las reglas decía “es tan hombre que ni siquiera se limpia la cola después de ir al baño”. Creo que eso sintetiza muy bien cual es la concepción que la masculinidad tradicional tiene sobre la cuestión anal: incluso una exploración hecha por accidente puede ser considerada desmasculinizante. Intenté buscar el decálogo mientras escribía este mail pero no lo encontré.

Pero como siempre, hay aspectos de la realidad que quedan por fuera del lenguaje que usamos para construirla e interpretarla. Uno de ellos es una realidad biológica inapelable: el esfínter anal es uno de los mayores centros de placer de los varones, y no hay meme, decálogo o conversación de vestidor masculino que pueda cambiarlo.

Y sin embargo, el placer anal parece totalmente vedado para los varones. Incluso dentro de la comunidad gay las clásicas divisiones entre activos y pasivos son tremendamente asfixiantes y limitantes, tanto que muchas veces terminan “emulando” los roles estereotipados del género binario: los activos son masculinos y los pasivos son más femeninos. En Grindr o en otras apps de levante gay es lo más normal del mundo ver a activos que solo buscan pasivos que “no usen el pene para nada”.

Lo que se esconde más allá de los límites que te ponen.

Una de las cosas que más he repetido en envíos anteriores de este newsletter es que lo sexual es una de las dimensiones de lo humano que más vale la pena explorar. Lo repito no solo porque lo creo sino también porque me obsesiona. Es un tema del que me encantaría hablar mucho más seguido y muchas veces me limito por miedo a que un buen día las redes o las plataformas de mails me censuren por hacerlo con un vocabulario incorrecto o alguna cosa por el estilo.

Lo que suelo decir luego de eso es que los varones tenemos un espacio absolutamente limitado para realizar esa exploración. El sexo es penetración, dominación, a veces crueldad, pero no mucho más que eso. Ir más allá de esos límites es un tabú absoluto. Solo fantasear con romper esos límites es suficiente para que algunos varones tengan profundas crisis de identidad.

Raúl González Castellanos es un sexólogo español que dice que esos límites son tan estrictos que los varones que quieren intentar romperlos buscan siempre algún tipo de reaseguro en fuentes de autoridad, como si necesitaran autorización para poder explorar sus propios cuerpos sin miedo a ser castigados. Las consultas sobre la autoexploración anal son de las más comunes en la sexología.

Es bastante común el chiste que dice que los varones necesitan un mapa y un manual de uso para encontrar el clítoris de sus parejas. Ese mismo chiste debería aplicarse también sobre la autoexploración anal, con el agravante de que ahí la ignorancia esta puesta sobre el mismo cuerpo y no sobre cuerpos ajenos.

Que cruel es que nos condenen a los varones a la ignorancia sobre nuestra propia anatomía. Y es cruel porque esa ignorancia no versa sólo sobre cuestiones anatómicas sino también sobre experiencias que nunca llegamos vivir, sobre la posibilidad real de sentir placeres y goces. Es doblemente cruel porque en el 100% de los casos es una ignorancia autoadministrada, regulada por nosotros mismos, como todo en la masculinidad tradicional.

Mi propia relación con la cuestión anal sufrió los vaivenes que sufren la mayoría de los varones. Yo también fui algún momento uno de esos gays insoportables que detestan ser penetrados, no me avergüenza admitirlo, no creo que sea correcto avergonzarte de algunas de las cosas que haces por seguir los mandatos, en todo caso vergüenza sería no animarte a romperlos cuando tenés los instrumentos correctos para hacerlo.

Por eso no me interesa cerrar este mail con alguna especie de proclama a favor de la autoexploración anal, en algún momento jugue con la posibilidad de hacerlo, pero la verdad es que estoy en un momento de mi vida donde odio decirle a otros/as que hacer. Me conformo con saber que si tenés ganas de explorar, quizás este mail sea el empujoncito que te hacía falta para hacerlo.

Después de todo, una vida sin autoexploración es esencialmente una vida cruel.