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  • Nenes No Lloran

¿Qué hacemos con los varones enojados?

Actualizado: 29 sept 2021


Hace poco empecé a ver The Office (si si, muy tarde, soy de llegar tarde a cosas últimamente). Me parece una serie hermosa no solo porque es graciosa y algo perturbadora al mismo tiempo, si no también porque tiene una forma maravillosa y muy precisa de captar determinados aspectos de la naturaleza humana. Todos sus personajes son igualmente absurdos y reales hasta el punto de que es fácil empatizar con elles e incluso asociarlos a personas que conocemos en la vida real.

Uno de los personajes que más me fascina es el de Dwight Schrute, un hombre blanco, fanático de las reglas y preocupado por reafirmar su heterosexualidad y una supuesta “potencia” sexual constantemente. Al menos hasta donde voy en la serie, Dwight intenta constantemente escalar en los cargos corporativos de la empresa en la que todos trabajan pero siempre es opacado por otros personajes que tienen más habilidades sociales y entienden mejor cómo usarlas para promocionarse. Además es blanco constante de bromas muy elaboradas por parte de algunos de sus compañeros de trabajo, bromas de las que no suele enterarse hasta muy tarde o que a veces no llega a enterarse jamás, mientras todos en la oficina se ríen de él por lo bajo.

Dwight es una representación magnífica de cierto tipo de varones que inconsciente o conscientemente creen tener el derecho a mandar en el mundo. Se mueven por la vida con cierta arrogancia, buscando siempre reafirmar los dotes de macho tradicional. El tipo de varones que lo primero que hace al entrar a un nuevo trabajo es buscar otro cómplice varón para comentar como se cogerían a las “minitas” del lugar. Lo que hace tan real a Dwight, además, es que todos sus intentos por progresar y aventajar a les demás son casi siempre inútiles.

Hoy mientras pensaba cómo encarar el mail de hoy me cruce con un tweet magnífico: “Todes sabemos que Dwight Schrute habría participado del ataque el Capitolio no?”. Es magnífico porque es cierto, Dwight no solo habría participado de ese ataque; también habría sido un fanático de Trump.

En Angry White Men, Michel Kimmel dice que el gran problema de los Dwight Schrute del mundo es que crecieron convencidos de que tenían derecho a todo, porque sus padres y abuelos lo habían tenido y ahora les tocaba a ellos. El solo hecho de ser hombres, blancos y heterosexuales los hacía acreedores de todo lo que les rodeaba. En EEUU, además, esto fue siempre potenciado por las grandes narraciones del American Dream, que les decían que si se esforzaban lo suficiente iban a triunfar sin ningún lugar a dudas.

Pero en los 80, con la llegada de los nuevos consensos económicos que empezaron a transformar la economía productiva de los Estados Unidos de posguerra en una economía financiera basada en la especulación, todos esos “privilegios” empezaron a desmoronarse. Las fábricas en las que esos varones trabajaban en las áreas rurales del país empezaron a cerrar y a trasladarse a países que ofrecían sueldos más baratos y legislaciones más flexibles. Los derechos laborales y las facilidades para acceso al crédito empezaron a desaparecer o a convertirse en burbujas que podían explotar en cualquier momento. La robusta infraestructura estatal que durante décadas les había permitido acceder a educación y salud de calidad de pronto se transformó en edificios vacíos con paredes descascaradas. Todas las garantías que les habían asegurado se convirtieron en promesas vacías. Es sobre esta realidad objetiva que empieza la historia de rabia y enojo de los Dwight Schrute del mundo.

Toda gran historia necesita enemigos.

Cuando este desmejoramiento de la calidad de vida de los White Men de la “América Profunda” empezó a hacerse palpable, el malestar empezó a crecer también. Un peligroso caldo de cultivo alimentado por frustraciones, desesperanza y rencor echó raíces en el humor social de muchos estados rurales y del viejo “rust-belt”. Algo estaba pasando en la vida de esos hombres y nadie les estaba ofreciendo explicaciones. Hasta que de pronto esas explicaciones empezaron a aparecer.

Al mismo tiempo que el proceso económico detonado por Reagan en los 80 generaba todas esas desigualdades, en la política otros procesos empezaban a aparecer, en EEUU y en gran parte de occidente. Empujados por revitalizados movimientos sociales, las mujeres, las minorías sexuales, los afroamericanos, latinos y otros colectivos históricamente vulnerados aparecían en la escena pública para reclamar el lugar y los derechos que se les habían negado hasta ahora. Esos grandes movimientos tomaron por asalto el discurso emancipatorio y empezaron a consolidar grandes conquistas sociales e individuales.

Michael Kimmel describe esto con muchos detalles. De pronto en las fábricas, en las escuelas y oficinas, incluso en lugares que siempre habían sido eminentemente masculinos como los cuarteles de bomberos o policías, la cara del país empezaba a cambiar. El maricon que había sido siempre la burla de los varones del pueblo ahora era un profesional respetado, la mujer que habían acosado en la secundaria ahora era la sheriff del pueblo, la gerencia de la empresa local era encabezada por un hijo de inmigrantes latinos. La diversidad de Estados Unidos aparecía en escena. Dos historias parecían transcurrir al mismo tiempo: la de la decadencia de los varones blancos y la del surgimiento de los postergados. El choque era y sigue siendo inevitable.

La semilla del odio empezó a crecer. Elles eran los culpables: las mujeres, los latinos, los gays, todos ellos habían venido a robarles los puestos de trabajo y los privilegios a los sacrificados varones blancos que sostenían sobre sus espaldas a todo un país desde hace décadas. A medida que el odio crecía, lo único que necesitaba era que alguien empezara a darle voz y organización.

La industria del odio y el rencor.

De todos los mitos y mentiras que alimentan al American Dream, hay uno en particular que es muy difícil de desmentir: efectivamente si tenés una buena idea, recursos para implementarla y cierta ambición desmedida, lo más probable es que logres tener algo de éxito. En ese caldo de cultivo algunos actores mediáticos y políticos vieron una gran oportunidad.

Aquí hay algo que es necesario reconocer de la historia de los hombres blancos en EEUU: durante todo el final del siglo XX y los inicios del siglo XXI sus historias estuvieron invisibilizadas. Nadie se ocupaba de ellos. Los grandes medios no mostraban nada sobre cómo los cambios económicos estaban destruyendo sus vidas en el interior del país. Esa sensación de abandono es la que otros luego aprovecharon para montar una inmensa y poderosa industria del odio.

Empezaron a aparecer radios, portales web, blogs e incluso canales de cable de pequeña escala que mostraban esas historias y montaban una narrativa creíble para todos esos varones. Una narrativa que transformaba todos esos miedos, frustraciones y prejuicios en un sentimiento mucho más poderoso: odio.

Michel Kimmel relata en su libro un episodio bastante llamativo en ese sentido. En una entrevista radial dirigida por Rush Limbaugh, uno de los personajes mediáticos surgidos de este proceso, Rush escucha atentamente el testimonio de un trabajador blanco de un estado rural que relataba cómo había perdido gran parte de todo lo que tenía en su vida. El hombre hablaba con cierta tristeza en su voz, estaba auténticamente desesperado y frustrado. Antes de finalizar la nota, Limbaugh le hace una pregunta clave:

“Amigo, corrígeme si me equivoco, pero creo que no es tristeza lo que escucho en tu voz. Es rabia, es enojo. ¿No es verdad?.”

Estos pequeños emprendimientos mediáticos empezaron a crecer en el interior del país dando voces y contención a los hombres blancos que vienen de dos décadas de frustraciones y abandono. El mensaje de odio y resentimiento empezó a crecer y a movilizarlos. Ya no se sentían abandonados y dejados atrás; ahora estaban enojados.

Cuando Obama llegó a la presidencia en el 2008 ese enojo llegó a su punto más álgido. Obama representaba todo lo que ellos habían aprendido a odiar, era casi como un final anunciado: ese EEUU diverso, feminista, multiracial que ellos creían les había arrebatado todo ahora había llegado a la Casa Blanca, al único lugar que simbólicamente parecía que todavía les pertenecía. Les habían arrebatado su nación y quizás era hora de recuperarla.

Es en este punto en el que el odio y el rencor puede empezar a transformarse en identidad política. En un sentimiento movilizador que puede hacer que ya no sea suficiente con escuchar programas violentos y despotricar en foros de internet. La identidad política siempre y en todos los casos te lleva además a sentir que tenés que hacer algo más.

Durante los primeros años de la presidencia Obama ese “algo más” empezó a verse de forma nítida. Aparecían las movilizaciones del Tea Party y de distintas expresiones del supremacismo blanco. Se intensificaron los tiroteos en escuelas y los delitos de odio, siempre perpetrados por varones armados hasta los dientes. Una masa social bastante grande y uniforme empezaba a irrumpir en EEUU. Lo único que faltaba era alguien que pudiera representarla genuinamente.

You´re fired.

Donald Trump antes de llegar a la presidencia parecía casi una especie de parodia del país. Era un personaje irreal, fantasioso y muy bizarro. Un empresario en decadencia que solo se alimentaba con comida rápida, que protagonizaba sus propios reality shows en los que salía despidiendo gente, que todos los años inventaba algún emprendimiento nuevo destinado a fracasar meses después, que habitaba gigantescas torres con su nombre escrito en las fachadas. Era obsceno y absurdo, pero sobre todo, inmensamente genuino.

Trump parecía diseñado casi a la medida de esa masa social enojada. Representaba hasta de forma estética todo lo que ellos amaban del país: la masculinidad vigorosa, los realities de cartón y la comida llena de grasa procesada. Era perfecto para ellos.

Cuando anunció su candidatura y empezó a aparecer en mítines y conferencias de prensa diciendo cosas impensadas para el debate público estadounidense, gran parte de la academia y la ciencia política lo miraba solo como un fenómeno curioso que no merece mayores consideraciones. Pero ellos, los varones de la américa profunda, lo veían de otra forma: era alguien como ellos con un micrófono adelante que no tenía miedo de decir las mismas cosas que ellos decían en sus grupos de WhatsApp. Fue amor a primera vista.

Fueron meses intensos. De pronto Trump ganó las primarias del Partido Republicano casi por asalto, dándole a esa nueva identidad política sobre la que había construido su liderazgo una herramienta con la cual llegar al poder. En noviembre de 2016 finalmente consigue derrotar a Hillary Clinton y hacerse con la presidencia. Era la venganza de la américa blanca, rural y heterosexual, lo habían conseguido: habían recuperado su país.

Durante cuatro años esa masa de hombres vivió su apogeo, su utopía de odio y rencor. Ya ni siquiera importaba si Trump no les devolvía en lo real todo eso que ellos añoraban; lo importante era la victoria simbólica, el hecho de tener a Donald sentado en el salón oval que antes había sido usurpado por el país que ellos odiaban. Esa era su gran victoria política, ver cómo los discursos de odio y rencor que los habían alimentado durante años ahora eran legitimados desde el cargo político con más poder del mundo occidental. Sentían que tenían razón y que la historia así lo reconocía. Habían ganado.

Hasta que la victoria se les esfumó entre las manos. La caída de Trump y su derrota en las elecciones merecería un mail aparte, con lo cual no voy a profundizar demasiado en el tema. Pero lo importante es que luego de cuatro años de utopía simbólica, era previsible que esa masa social no iba a aceptar una derrota tan fácilmente. Trump y la inmensa industria del odio así lo sabían.

Las fake news sobre supuestos fraudes electorales fueron solo una excusa, un relato que pudiese ordenar el odio renovado que todos esos varones sentían ante la apabullante noticia de que les estaban por arrebatar el país otra vez. Ellos genuinamente creen que Trump es el verdadero vencedor de las elecciones y esa creencia no puede ser menoscabada con extensos informes que desmienten cualquier intento de fraude porque es una creencia que está basada en sentimientos y en una identidad política, no en un análisis objetivo de los hechos.

Hace unos días el mundo entero vio con cierto horror el resultado de todo ese proceso. Cientos de hombres blancos armados y disfrazados de formas bizarras invadieron el Congreso de la supuesta democracia más madura de la tierra. Las fotos parecían dignas de una película distopica y también mostraron un simbolismo arrasador, como aquel que se esconde detrás de los hombres que entraron al lugar con banderas de la Confederación, la vieja estructura estatal que durante la guerra civil intento mantener la vigencia de la esclavitud. Fue la primera vez en la historia que esa bandera logró entrar en el Congreso. Fue una victoria en sí misma.

¿Qué hacemos con los hombres enojados?

Hasta aquí, hay dos grandes pilares narrativos en este cuento: por un lado tenemos a los hombres blancos y heterosexuales cuyas vidas efectivamente fueron arruinadas por un modelo económico que terminó desechándolos y condenándolos al odio y el resentimiento. Esa realidad objetiva no debería ser negada por nadie, por más desdén o rechazo que esos hombres puedan generarnos.

Y por otro, tenemos la historia de aquellos que formamos parte de mayorías y minorías históricamente postergadas, que en las últimas décadas logramos arrebatarle a la historia a fuerza de movilizaciones algunos derechos que antes no teníamos y un lugar innegable en el espacio público y político. Los que estamos de ese lado fuimos usados como chivo expiatorio para generar una cultura política del odio que se extiende incluso por fuera de EEUU: Inglaterra, España, Brasil, incluso Argentina. Se trata de un fenómeno mundial que deberíamos analizar mejor.

El odio y el rencor lograron articular sectores sociales muy grandes alrededor de sus narraciones, formando una identidad política potente que sobrevivirá incluso si en unos días Trump se retira a uno de sus campos de golf y nunca vuelve a dar la cara. Una identidad que además seguirá movilizando y generando frentes de conflictos. Tuvieron 4 años de apogeo, ¿por qué habrían de rendirse ahora?.

Creo que uno de los grandes errores que cometemos quienes pretendemos llevar el mundo hacia direcciones más democráticas e inclusivas es que en general hemos fallado a la hora de articular mayorías sociales que incluyan a esos hombres. Por más rechazo que puedan generarnos. Y aunque esto se trate de un problema político de gran escala que como tal necesita soluciones políticas a gran escala, a un nivel más chiquito es muchísimo lo que podemos hacer y que no estamos haciendo.

Los hombres barbudos y enojados que asaltaron el Congreso en EEUU no son muy distintos a nuestros padres, tíos y abuelos. Aquellos con los que compartimos mesas familiares, lugares de trabajo o aulas en escuelas y universidades. Cuando los rechazamos, cuando los marginamos, cuando les desviamos la mirada y los menospreciamos lo único que hacemos es empujarlos todavía más a esa ideología tóxica que les dice que el mundo los desecho y tienen derecho a vengarse.

Necesitamos hablar con ellos, aunque esto demande de nosotros un esfuerzo muy grande. Entender los motivos y razones que los llevan a creer o afirmar determinadas cosas no es para nada lo mismo que aceptar esas cosas o promoverlas. Entender es el primer paso para lograr incluirlos exitosamente en una narrativa más grande que también les ofrezca un lugar y una visión de la realidad.

El hombre blanco y heterosexual que perdió su trabajo en un pequeño pueblo no es para nada distinto que uno de nosotros. Sufre otra forma de desigualdad y exclusión creada por un modelo económico que está más preocupado por servir a la especulación que por servir a las personas. Tenemos que hablar con él, o los garantes de ese mismo modelo lo usarán para seguir reproduciendo las injusticias que nos llevaron a este punto.

Creo que todo esto es extremadamente necesario. Lo que se vivió en EEUU es grave, muy grave. Quizás no seamos del todo conscientes de lo cerca que estuvo de encarar hacia un camino de caos y violencia del que es muy difícil salir después.

Es probable que estemos en un punto de quiebre en nuestras sociedades. La crisis de la masculinidad tradicional y las identidades políticas generadas por la misma pueden llevarnos a situaciones muy complejas si no logramos desarticularlas pronto.