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  • Nenes No Lloran

Mambru se fue a la guerra

Actualizado: 21 oct 2021


De chico odiaba los actos escolares, la verdad es que me aburrían, las formalidades y cosas demasiado rígidas siempre me aburrían. Pero los 2 de abril me llamaban la atención, eran distintos, incluso la forma en la que las maestras lo abordaban siempre distaba mucho del tratamiento habitual que le daban a otras fechas

Tengo recuerdos muy vivos de un acto en particular, en el que luego de la lectura de las prosas, el himno y todas las formalidades que recuerdan a un acto religioso, la directora presentó a un grupo de hombres que habían estado sentados en primera fila. “Ellos son veteranos de Malvinas y nos van a contar algunas cosas de la guerra”.

Recuerdo que automáticamente nos despertaron a todos del sueño en vida que normalmente nos causaban los actos escolares. El resto de los varones de mi curso estaban fascinados; al fin tenían en frente de ellos a un grupo de varones que encarnaban todo eso que a ellos les habían enseñado era ser un hombre.

Pero los hombres que teníamos en frente eran muy distintos a los muñecos de acción o a los actores de las películas de guerra. Se parecían a nuestros viejos, pero incluso más viejos a pesar de que tenían prácticamente la misma edad que nuestros padres. No se veían como la imagen que todos tenemos en nuestras cabezas de “héroes de guerra”.

Muchos años después pude empezar a tener una lectura crítica de todo eso. Me llevo mucho tiempo entenderlo. 

La guerra de Malvinas es uno de esos hitos que definieron la historia de nuestro país, para bien o para mal. También es un gran hito en la construcción del arquetipo de “masculinidad argentino”. No por nada cuando hablamos de los veteranos nos imaginamos solo a los soldados varones, ni siquiera pensamos en las decenas de mujeres que participaron del conflicto.

Hay una novela, Las Islas de Carlos Gamerro, que tiene una metáfora muy ilustrativa de lo que la guerra de Malvinas representa en la historia de nuestro país: “si ves un mapa, Argentina parece una pija parada lista para acabar y las islas parecen sus huevos”.

En la amplia y compleja historia de la masculinidad, desde hace varios siglos el rol de los hombres está atado a lo militar. Los militares son heroicos, valientes, viriles. Desde pequeños nos enseñan que ser hombres es estar siempre listos para la guerra y en nuestro país hasta hace muy poco tiempo todo esto estaba fuertemente instalado en el inconsciente colectivo. No por nada la institución militar fue hasta hace años un actor político de extrema relevancia.

George Morsse dice en “la creación de la moderna masculinidad” que este vínculo entre hombría y militarismo puede rastrearse a las guerras napoleónicas, cuando el servicio militar obligatorio empezó a instalarse en las distintas naciones de Europa existentes al momento.

Particularmente en Alemania el discurso de la masculinidad militarizada tuvo sus orígenes más tempranos. Frente a la amenaza de la invasión francesa, los jóvenes alemanes que eran reclutados por el servicio militar eran vistos como patriotas, viriles, mientras que los franceses invasores eran vistos como cobardes afeminados.

El servicio militar fue durante gran parte del siglo XX una regla en muchos países de occidente. Argentina no fue una excepción y gran parte de la idea del macho argentino vinculada a lo militar es culpa del servicio militar que tuvieron que hacer nuestros padres, abuelos y bisabuelos. 

Luis Sánchez Toro dice que el servicio militar funcionaba como un rito de iniciación, era el momento en el que los varones eran separados de la influencia de sus madres para ser transformados en hombres mediante un sometimiento de varios meses a toda clase de crueldades y lavados de cabeza. Piensen un poco, si alguna vez escucharon a su viejo, a algún tío o algún abuelo contando sus experiencias en el servicio militar, se van a dar cuenta lo real que esto es.

El servicio militar instalaba en la cabeza de los pibes el arquetipo de todo lo que un hombre militarizado debía ser: cruel, implacable, sin emociones, totalmente indiferente ante el sufrimiento ajeno o incluso ante el sufrimiento propio. Y aún más, al decir de Rita Segato, esa pedagogía militar también enseñaba a gozar con el sufrimiento del otro.

Por todos estos motivos la guerra de Malvinas fue vivida en nuestro país como una auténtica patriada, una demanda masculina sobre recursos que un inversor extranjero nos había sacado y que nosotros íbamos a recuperar poniendo la pija sobre la mesa.

Pero no fue eso.

La guerra de Malvinas fue un inmenso acto de crueldad cometido contra toda una generación de argentinos.

Cientos de pibes fueron enviados a pelear un territorio desconocido, frío y hostil, por un grupo de dictadores que lo único que buscaban era alguna excusa para poder prolongar un régimen exhausto y en decadencia.

Desde chicos nos enseñan que los militares son héroes. Ese relato evita que seamos autoconscientes de las heridas y traumas que sufrimos; los héroes no pueden tener ni heridas ni traumas, los héroes son infalibles.

Pero los humanos no somos infalibles, sangramos, nos herimos, sufrimos y cuando nos prohíben mostrarnos vulnerables somos incapaces de sanar nuestras propias heridas físicas y emocionales.

Ese 2 de abril mis compañeros y yo no teníamos a héroes infalibles en frente nuestro; teníamos a un grupo de víctimas con secuelas visibles en sus cuerpos. En ese acto los veteranos nos contaron todo el sufrimiento que habían pasado: como sus jefes militares los ataban a la intemperie como castigo, como debían pasar días enteros sin comida ni bebida y como los enviaban a la batalla a veces sin zapatillas.

Después de ese acto, uno de nuestros profesores nos mostró el famoso video de Galtieri agitando la guerra en la plaza y nos contó que supuestamente era un viejo alcohólico. Inmediatamente me hizo acordar a uno de mis tíos paternos que también tenía graves problemas con el alcohol y al que los perros siempre le ladraban furiosamente cada vez que entraba en nuestra casa. No me cabe ninguna duda de que a Galtieri seguro también lo odiaban los perros.

En Europa, el modelo militarizado de la masculinidad empezó a entrar en decadencia luego de la segunda guerra mundial, fue entonces cuando el prototipo de hombre militar dejó de ser bien visto, poco a poco los servicios militares empezaron a ser derogados y el modelo hegemónico de masculinidad empezó a mutar hacía otra cosa.

Esto por supuesto tuvo que ver con los inmensos horrores que la guerra había causado en ese continente. Ya no había lugar para la militarización de los hombres luego de tantas víctimas y tanta tragedia.

En nuestro país esta caída de la masculinidad vino después de la guerra de Malvinas y de los horrores de la última dictadura. Sigue latente en algunos sectores, sin duda, pero por suerte para nuestra generación dejó de ser el modelo de hombre ideal. Eso de alguna forma nos hace un poquito más libres aún a pesar de todos los problemas que tenemos que seguir enfrentando.

Nuestros veteranos de Malvinas no deberían ser considerados héroes, sino víctimas de una de las mayores atrocidades jamás cometidas en este país. No les debemos gratitud ni honor, les debemos disculpas, la historia de nuestro país necesita pedirles disculpas.

Luego de que se me ocurrió el nombre para este envío, busque la historia y la letra completa de la canción de “Mambrú se fue a la guerra”, sorpresa sorpresa nació en Francia un poco antes del comienzo de las guerras napoleónicas. Todo siempre tiene que ver con todo.

Cuando vi su letra completa me quede totalmente horrorizado. Ojalá nunca más hagamos que nuestros pequeños varones canten una canción que los envía a la guerra. Y ojalá nunca más los enviemos a la guerra.

Que Mambrú ya se ha muerto, ¡qué dolor, qué dolor, qué entuerto!, que Mambrú ya se ha muerto, lo llevan a enterrar. Do-re-mi, do-re-fa, lo llevan a enterrar