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  • Nenes No Lloran

Hoy te llevo a debutar

Actualizado: 18 oct 2021

Todos los varones pasamos por un proceso similar durante nuestra adolescencia. Nuestro despertar sexual empieza cuando las hormonas nos atacan y de pronto empezamos a descubrir nuestros propios cuerpos. Hay un sistema social y cultural que nos impulsa a hacerlo. Todo empieza con algunas conversaciones sobre masturbación, orgasmos secos y revistas porno. A partir de ahí empieza a escalar muy rápido.

Antes de darnos cuenta todo se empieza a transformarse en una competencia, en una auténtica carrera por ver quienes son los que experimentan primero algunas cosas. Empiezan a aparecer las primeras veces de todo: el primer piquito, el primer chape, la primera vez que alguien logra meter las manos debajo de la remera de una chica, la primera vez que alguien ve a una chica sin remera, la primera vez que alguien toca a una chica en la entrepierna.

El patriarcado nos desafía a explorar el cuerpo femenino como si fuera un auténtico territorio a conquistar, un objeto sobre el que hay que ir dejando marcas.

Todo va escalando, y antes de darnos cuenta ya tenemos entre 14 y 16 años, la edad promedio en la que los varones tienen sexo por primera vez en Argentina. En ese momento es cuando la competencia parece intensificarse y en las conversaciones en los recreos o en la cancha empieza a aparecer la pregunta que genera ansiedad a todos: ¿Quién va a ser el primero en ponerla?

Estamos en la casa de uno de mis compañeros. Tuvimos que juntarnos para hacer un trabajo para alguna materia, como siempre somos un par los que hacemos el trabajo y el resto boludea y se limita a hacer alguna mínima contribución cada tanto. Mientras tanto la tarde se va pasando entre conversaciones sobre fútbol y comentarios inocentes sobre sexo y chicas. La madre mi compañero está en la casa, y es una regla no escrita de la masculinidad que no se habla de sexo cuando hay madres cerca, porque las madres son “sagradas” .

Pero en un momento la madre de mi compañero sale de la casa y nos quedamos solos. Entonces el “dueño” de casa aprovecha para tirar sobre la mesa el trofeo que estaba esperando sacar a relucir. Había ganado la competencia.

—¡Ayer la puse!— nos dijo y automáticamente la atmosfera mutó en otra cosa. Todos dejamos lo que estábamos haciendo y lo miramos atónitos. En segundos estábamos llenándolo de preguntas.

—Mi viejo me llevó a debutar—dijo como si fuese lo más natural del mundo—me llevó a un prostíbulo y me dejó elegir a una de las chicas, el también eligió a otra que se llevo a una pieza separada de la mía.

Ninguno de mis compañeros parece notar algo malo con respecto a eso. El relato sigue con naturalidad y empieza a ir hacia el lado de los detalles. Todo el que haya estado solo un con grupo de varones sabe de lo que hablo. Cuando se trata de presumir hazañas sexuales, a veces los detalles abundan mucho más de lo tolerable.

A los varones nos enseñan que el sexo tiene que ser uno de nuestros intereses primordiales. Que tenemos que estar dispuestos a tener sexo siempre y que no podemos ser víctimas de ningún tipo de violencia sexual. Salvo, por supuesto, que seamos putos.

La iniciación sexual se vuelve esencial para ser aprobados por nuestros pares. En algún punto esa competencia por ver quienes se van iniciando sirve también para medir quiénes son los más masculinos. 

Yo nunca hable de mi iniciación sexual con mis compañeros varones (pues #puto) pero recuerdo que en un momento del último año de secundario, cuando era más que evidentemente que no les contaba nada y por ende era presumible que seguía siendo “virgen” algunos de ellos empezaron a confabularse para llevarme a debutar igual que algunos de sus padres habían hecho con ellos. Por suerte nunca lograron convencerme.

Es en esos momentos de despertar sexual donde los varones forjamos las percepciones tóxicas y erradas que el patriarcado tiene sobre la sexualidad. Nos enseñan que el sexo es esencialmente un ejercicio de poder sobre el cuerpo de las mujeres, un ejercicio donde casi cualquier cosa es válida para conseguir lo que queremos. Porque el poder para la ideología que nos instalan es eso: un ejercicio de sometimiento y dominación.

Hoy, años después de haber vivido esas escenas durante mi adolescencia, no me cabe ninguna duda: muchas de las experiencias que mis compañeros contaban en los recreos o en los momentos en los que estábamos solos, eran sin dudas episodios de violencia sexual.

—Yo se que muchos creen que lo que voy a decir es de antigua, pero bueno, soy así, estoy chapada a la antigua— nos decía la profe de biología en plena clase sobre anatomía masculina y femenina. Hasta ese momento había sido una de mis profesoras favoritas, pero eso estaba a punto de cambiar.

—Para mi esta bien que los varones pierdan la virginidad antes de casarse, es lo natural, pero las chicas no, no es bueno eso—dijo con la misma naturalidad con la que 5 minutos antes nos explicaba sobre cómo funcionaban los espermatozoides—yo no sé si querría que mi hijo se case con una chica que ya esta usada.

“Una chica que ya esta usada”

En esa pequeña frase en el medio de una clase, mi profe de biología había logrado sintetizar una de las concepciones más poderosas del patriarcado. Quizás por eso el patriarcado es tan eficiente y poderoso: sus ideas se transmiten de forma muy sencilla.

Esa idea tan sencilla se reproduce en miles de conversaciones todo el tiempo. Para los varones hay dos tipos de mujeres: las buenas, las que son para casarte y tener hijos, nuestras madres. Y después están las otras, las que son para usar y desechar, las putas.

Por una “coincidencia” las de ese segundo grupo son casi siempre pobres de clase baja. Pero eso es para otro mail, me parece…

Los casos de violaciones, de abusos, de acoso, de femicidios que vemos todos los días en la tele no son excepciones, no son anormalidades cometidas por animales o criminales peligrosos; son el resultado de esta ideología peligrosa que nos instalan a los varones durante toda nuestra vida.

Los hombres que cometen esos crímenes no son enfermos mentales. Pueden ser nuestros amigos, nuestros tíos, nuestros primos, nuestros mismos padres. Son hijos sanos del patriarcado. Podemos ser nosotros mismos.

¿De verdad es inesperado que esas cosas pasen si les enseñamos a nuestros varones que el sexo es un ejercicio de poder desde que son bien chiquitos?

¿De verdad es difícil de entender que algunos varones lleguen a ser violadores si aprenden que las mujeres son un objeto antes de aprender a desarrollar empatía?

Nos enseñan desde chicos que el sexo tiene que ser esencial en nuestras vidas. Que si no estamos siempre dispuestos a tener sexo entonces somos afeminados o anormales. Nos enseñan que las mujeres existen para satisfacernos, todas esas son las cosas que posibilitan que luego se cometan los peores crímenes.

Todas esas son las cosas que permiten que luego, en pleno 2020, un fiscal diga que a unos violadores hay que dejarlos sueltos porque lo único que hicieron fue “desahogarse sexualmente”.