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#FreeBritney y las locas de tu familia

Las historias que creamos suelen cumplir con una serie de roles y personajes prefijados. Los buenos y los malos, los ambiciosos, los puros de corazón, los héroes y sus trayectorias de redención, entre otros. En algún punto perdimos la capacidad de discernir donde empezaban esas historias y donde empezaba la vida real, los estereotipos que pueblan nuestras historias terminaron siendo también los protagonistas de nuestras propias realidad, de las propias ficciones de nuestras vidas que nuestra mente va creando.

El gran poder de los estereotipos radica en que son intuitivos y fáciles de reproducir, nos permiten clasificar a la gente mediante simplificaciones que nos hacen más sencillo interactuar con ellos. Le dan sentido a las narrativas de nuestras vidas donde por supuesto siempre somos los buenos. ¿Cómo no podríamos ser el héroe bueno en la película de nuestra propia existencia?.

Uno de los estereotipos más fáciles de reproducir y que puebla masivamente cuentos, novelas, fábulas, películas y series es el de la mujer loca. La mujer histérica con problemas de control de sus emociones que termina siendo un drama para todos los que la rodean, la mujer impulsiva que rompe, destruye y corrompe. La tóxica, la loquita, la tarada.

Es fácil de reproducir ese rol en la ficción porque en nuestras propias vidas está presente siempre: la compañera de escuela que todos etiquetaban como la rubia tarada, la tía de la que todos esparcían rumores en la familia, la colega de la que todos hablan mal en la sala de profesores.

Ahora probablemente ya no sea así, pero estoy seguro de que hasta hace no mucho tiempo en los talleres literarios el personaje de la loca era uno de los que más se utilizaba, después de todo crear “una histérica” era fácil y sencillo.

La historia de Britney Spears ha sido desde hace al menos 14 años la historia de una loca histérica, la narrativa construida de una mujer rota que llegó al punto de no poder valerse por sí misma, un colapso mental que fue contado por las tapas de las revistas de gossip y los programas amarillistas.

Todos los que crecimos en los 2000 tenemos en nuestras cabezas las imágenes del colapso de Britney: las fiestas con Paris Hilton, la vida sentimental caótica que incluyó un matrimonio que duró sólo algunas horas, la disputa judicial por la tenencia de sus hijos, las fotos sin ropa interior, las peleas con los paparazis, todo coronado con la escena que logró sintetizar por completo la historia de su propia locura: la famosa rapada de 2007 que fue el símbolo de su meltdown. Que curiosa la forma en la que funcionan las historias, siempre están conformadas por distintos episodios y capítulos que luego son cerrados por un episodio puntual que termina de darle sentido a todo.

Britney estaba loca. No había discusión posible al respecto, la cuestión tenía todo el sentido del mundo, por eso cuando en 2008 un tribunal estadounidense la despojó de sus derechos e instituyó un “conservatorship”, una curaduría destinada a disponer de ella para protegerla, nadie se mostró sorprendido. Era el final lógico de una historia predecible.

La misma institución jurídica de las curadurías judiciales tenía mucho sentido. Era lógico que si los locos eran un peligro para sí mismos y para los demás entonces el Estado debería poder enmendar ese peligro latente quitándoles sus derechos y poniéndoles bajo la custodia de otras personas que pudieran decidir por ellos. Cuando las cosas tienen sentido es difícil cuestionarlas.

Pasó más de una década para que la opinión pública pudiera entender lo nocivo de esa institución y lo represivo del régimen al que habían decidido someter a Britney, régimen al que son sometidas en silencio millones de personas en todo el mundo, la inmensa mayoría de ellas, por supuesto, son mujeres.

¿Qué queda cuando nos sacan todos nuestros derechos?.

Hace algunos años empezaron a filtrarse pequeños detalles de la historia tenebrosa a la que sometieron a Britney: no podía disponer de su dinero, elegir a sus colaboradores, controlar su carrera artística ni tomar decisiones sobre algo tan banal como la decoración de su cocina. En el medio empezó a quedar claro que el famoso “conservatorship”, liderado por su propio padre, era más una empresa con fines de lucro que una tutela pensada para el bienestar de Britney. A pesar de estar supuestamente loca, Britney igual fue forzada a grabar álbumes, dar giras y lanzar merchandising que reportaba millones de ganancias, millones a los que Britney solo podía acceder a razón de 2000 dólares por semana.

El prototipo de historia es frecuente pero mucho menos difundido que el de las locas. Detrás de cada narrativa que llama locas a algunas mujeres para deshumanizarlas hay algún tipo de negocio.

Y son negocios bien extendidos en todo el planeta. Según un informe de la ONU, hay un total de 57 países en los cuales las mujeres tienen poca o nula autonomía legal. La historia de Britney es extremadamente común, mucho más de lo que nos gusta admitir.

¿Cómo se desmantelan las historias que nos oprimen?

El relato construido alrededor de la supuesta locura de Britney fue tan poderoso que mantuvo sin cuestionamientos la cruel curadoría judicial durante más de una década. Antes de tomar estado público, los inicios del movimiento #FreeBritney fueron casì como los de una teoría conspirativa: rumores, dichos, sospechas, nada firme ni concreto.

En 2019 un podcast filtra el rumor de que Britney habría sido internada en una institución de salud mental luego de que se cancelara su última gira. El hashtag #FreeBritney aparece por primera vez en escena y se hace tendencia. De pronto ya no parecía más una teoría conspirativa.

Fueron algunos de los fans más leales de Britney los que empezaron a sospechar que había cosas raras detrás de la curaduría. Al final de cuentas, son siempre los que creen vos los primeros en preocuparse y ver más allá de lo que les dicen.

Luego de ese episodio Britney pudo empezar a romper de a poquito el cerco que le habían impuesto (la prohibición de hablar públicamente sobre la curaduría era uno de los mandatos de la misma). El 23 de junio de este año Britney pudo testificar públicamente por primera vez sobre lo que le estaba pasando en un tribunal. Los detalles de su sufrimiento eran aún peores de los que todos se imaginaban en ese punto.

Britney era sometida a tratamientos con drogas contra su voluntad, muchas veces esas drogas eran cambiadas de forma repentina causándole grandes episodios de sufrimiento. No le permitían usar celular ni redes sociales, todos sus contactos con el mundo exterior eran filtrados por el staff de la curaduría. Incluso su vida sexual era gestionada, la obligaban a llevar un DIU para evitar que volviera a embarazarse, a pesar de que ella misma expresó el deseo de volver a ser madre. La curaduría era vista como opresiva pero por primera vez quedaba claro que era más que eso: era tortura.

#FreeBritney fue la contranarrativa que logró desmantelar la poderosa historia de locura e histeria que utilizaron en contra de Britney. Su trascendencia es mucho más grande que su caso particular, es un auténtico cuestionamiento al framing que nos dice que hay mujeres locas que necesitan ser controladas por su propio bien. Solo en EEUU, hay al menos un millón de personas sometidas a curadurías similares a las del caso Spears. Es bastante seguro asumir que la mayoría de ellas son de sexo femenino.

El patriarcado trabajó durante siglos la idea de que las mujeres no podían tomar decisiones por sí mismas. De hecho, podríamos decir que la posibilidad de que ellas decidan sobre sus patrimonios, sus carreras y sus cuerpos es relativamente reciente en occidente. Solo en Argentina, hace no más de 40 años las mujeres no tenían derecho de tutela sobre sus hijos, eso era un derecho reservado solo para los varones.

Si exploras en la narrativa de tu propia familia es probable que encuentres alguna historia similar a la de Britney, de alguna mujer que fue despojada de sus derechos por algún supuesto estado de locura, alguna una mujer que se pasó la vida encerrada en su pieza medicada, alejada de la vida social, el caso psiquiátrico del que tus papas y tus tíos no hablan públicamente. El costado de esa historia que seguramente no conozcas es aquel que relata los derechos que esa mujer perdió en el proceso. Herencias, tutelas de hijos, acciones de algún emprendimiento familiar, las migajas de un despojo del que no se habla pero del que todos sacaron alguna porción de la torta.

Las historias como las de Britney incomodan porque nos hacen reflexionar sobre dinámicas familiares que todos conocemos y reproducimos (o sufrimos). Quizás por eso sea tan importante difundir el #FreeBritney. Hay silencios que necesitan ser rotos, hay historias que necesitan empezar a tener voz.