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  • Nenes No Lloran

El precio de ser un varón más

Actualizado: 20 sept 2021

José era uno de mis mejores amigos del secundario. Con él me llevaba bien y podía hacer y hablar sobre muchas cosas que nunca compartía con otros varones. Cuando estábamos juntos escuchábamos Blink 182, Avril Lavigne, veíamos Pokémon o el Señor de los Anillos o hasta intercambiamos libros (aunque él detestaba Harry Potter, que en ese momento a mi me encantaba).

Pero mientras yo era normalmente la misma persona sin importar dónde o con quien estuviese, José tenía un habito que yo detestaba y que a veces hasta llegaba a odiar:  la capacidad de ser alguien completamente distinto de acuerdo al momento.

Es así que mientras conmigo (y siempre que estuviésemos a solas) parecía ser un pibe medio emo/geek con los mismos gustos que yo, cuando estaba en grupos más grandes -y especialmente cuando esos grupos eran mayoría de varones se transformaba en una persona totalmente distinta. De pronto tenía una obsesión por Boca y por el fútbol que me era desconocida, de pronto hacía chistes sobre cogerse a las madres o hermanas de los demás, de pronto tenía la capacidad de ser agresivo y hasta violento.

Pero lo peor llegaba cuando estaba con chicas, ahí no solo era completamente distinto; llegaba al punto de ser cruel. Te humillaba, hacía chistes con cosas que le había contado en privado o exageraba ser una especie de macho indomable, todo para impresionar a las pibas del curso. 

“La mera presencia del grupo cambia por completo el comportamiento natural de los chicos”. Estas palabras las dijo un estudiante de secundaria que participó de un focus group para el libro “Boys Dont Try” que intenta explicar como la formación de la masculinidad tradicional o tóxica impacta en el rendimiento académico de los varones en las escuelas.

Se trata del fenómeno de peer pressure, presión de pares, que implica básicamente que la interacción de los varones entre sí genera ambientes negativos en los que se fomentan determinadas actitudes y comportamientos. Es extremadamente sencillo si lo piensan: cuando la gente de tu edad te presiona para hacer algo, es muy probable que lo hagas incluso si significa algo que te va a hacer daño. Cuando sos adolescente ningún daño es más grande que sentir que tus iguales te pueden rechazar.

En envíos anteriores ya escribí sobre otros aspectos de este fenómeno. El patriarcado genera ambientes en los que los varones nos controlamos a nosotros mismos a medida que crecemos, generando penas y castigos para los que se apartan de las normas tradicionales de la masculinidad y premiando y reconociendo a aquellos que siguen el estereotipo. La amistad entre varones es un espacio de control.

En la escuela esto está potenciado. La masculinidad tóxica crea ambientes de formación de identidad que son percibidos por sus miembros como auténticos espacios contraculturales donde el sexismo, la exaltación de la labor física y la denigración de lo femenino son los pilares esenciales. José era uno de los chicos más inteligentes del curso, a veces se sacaba 10 en las pruebas sin hacer grandes esfuerzos, pero siempre intentaba que esto pasara desapercibido. Prefería ser reconocido como un varón más del grupo que como el pibe que leía de noche y escuchaba música en inglés.

Al igual que José, la gran mayoría de los varones termina adaptándose a la identidad tóxica que la masculinidad les ofrece porque es una máscara con la que es posible sobrevivir.

Los deportes en general y el fútbol en particular son uno de los elementos más notorios de esa formación de identidad. Con José eso también era notable. La mayor parte del tiempo el fútbol no le interesaba, quizás en el fondo le resultaba entretenido, pero no parecía tener esa “obsesión” que le generaba a los otros varones que conocía. Casi ni miraba los partidos salvo que fuesen importantes y en general parecía que eran otras las cosas que le apasionaban. Pero cuando el tema salió en el curso de pronto parecía ser un aficionado más: se sabía el nombre de todos los jugadores, presumía tener remeras de Boca en el ropero y decía siempre que su viejo lo había llevado a conocer la bombonera.

C. J. Pascoe describe muy bien las razones de esta fascinación encubierta por el fútbol y el deporte. Les da a los varones tradicionales un espacio conversacional seguro en el que pueden moverse sin demasiados problemas. Les permite incluso tener ciertas “libertades” para hablar de sus sentimientos y emociones, algo que por lo general les está prohibido a los hombres. Por el fútbol tenés permitido enojarte, emocionarte, llorar y amar sin miedo a ser juzgado por tus pares.

Por eso mismo el fútbol parece ser el tema recurrente en cualquier conversación entre varones. Apenas te subís a un taxi el taxista te pregunta de qué cuadro sos y te comenta algo sobre el último partido del día, asumiendo por supuesto que sabes de qué le está hablando. 

La diferencia entre José y yo era que él efectivamente era más inteligente a esa edad y se había percatado de lo que tenía que hacer y disimular para ser “uno más” y evitar ser rechazado por los otros varones del grupo. Intuitivamente sabía que tenía que construirse una máscara cuidadosamente diseñada para pasar desapercibido. Entendía que lo único que debía hacer era cumplir a rajatabla con los rituales que el ambiente masculino le ofrecía, reafirmando sus valores y jerarquías y rechazando todo aquello que tuviese que ser rechazado.

El resultado por supuesto, fue que mientras yo pase mi adolescencia con dos o tres amigos (entre los que lo contaba a él por supuesto) él podía moverse con libertad entre los grupos de varones donde era aceptado como uno más, probablemente no tuvo que experimentar el rechazo o la apatía de sus pares nunca en su vida.

Pero el precio a pagar por esa comodidad es extremadamente alto. Hasta hoy él sigue siendo una de las personas más creativas e inteligentes que conocí. No me avergüenza decir que quizás al principio me atraía un poco (aunque en ese momento no lo percibía así). Cuando estaba conmigo solía hacer dibujos hermosos con tan solo un lápiz o se pintaba las uñas con esmalte robado de una de sus hermanas. Ojo, el era completamente heterosexual, pero tenia ese lado “femenino” que me fascinaba.

Por supuesto, y ahora que lo pienso en retrospectiva, él probablemente tuvo que reprimir todos esos aspectos de su vida por miedo a que la presión de sus paras lo desterrara y condenara a dejar de ser parte de determinados grupos. Como ya dije en otros envíos, esa posiblemente es una de las crueldades más grandes de la masculinidad: de una o de otra forma tenés prohibido ser vos mismo.