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  • Nenes No Lloran

El Destino Puede No Estar Incluido.

Cuando era chico hubo un tiempo en el que quería ser veterinario. Supongo que todos los nenes y nenas sueñan con esa profesión en algún momento. El problema de imaginar el futuro es que siempre lo hacemos a partir de la base del presente y las mascotas suelen ser una parte muy grande de cualquier infancia más o menos bien vivida.

Un tiempo después cambié mi preferencia y empecé a decir que quería ser escritor. No recuerdo si eso pasó antes o después de que empecé a leer mis primeros libros. Supongo que fue después, por todo eso de imaginar cosas a partir de la base del presente que ya dije antes. Recuerdo que agarraba unas hojas A4 en blanco del negocio de mis papas y garabateaba cuentos o relatos que después le leía a mi abuela.

Cuando termine la secundaria y la presión por decidir mi futuro se volvió más insoportable termine eligiendo estudiar abogacía, la elección fácil de cualquier adolescente al que obligan a elegir un destino sin tener idea de lo que eso significa. Recuerdo estar en una clase de educación cívica y preguntarle a la profesora (abogada, por supuesto) si en derecho había materias con matemáticas. Cuando me dijo que no la decisión ya estaba tomada. Nunca terminé esa carrera, la abandoné a tercer o cuarto año cuando me di cuenta que el derecho contractual era incluso más tedioso que las ecuaciones.

Ahora estoy a escasas 6 materias de terminar la carrera que empecé al dejar abogacía. Una de esas 6 materias es matemáticas. La vida tiene esas formas curiosas de molestarte cada tanto.

Pero hoy no quería escribir sobre matemáticas ni sobre mis vocaciones frustradas, o quizás sí un poco de esto último, porque hoy quería escribir sobre el futuro, o más específicamente, el futuro que nos prometieron a millennials y centennialls y que terminó siendo una estafa piramidal.

Difícilmente algún niño diga espontáneamente en una conversación que es lo que quiere ser de grande. Esa es una línea de pensamiento que crece en nuestras cabezas cuando interactuamos con el mundo de los adultos, un primer reflejo autoconsciente de nuestro futuro que aparece cuando alguien nos pregunta ¿Qué vas a ser cuando seas grande? y un millón de fantasías empiezan a flotar en el aire.

Antes de empezar a escribir este correo estaba leyendo el último número de la Revista Orsai, que tiene un cuento llamado “Arrancamuertos” escrito por Laura Ortiz Gómez. Laura cuenta la historia de un pibe que al terminar la secundaria se mete con sus compañeros al ejército colombiano. En una de las escenas anteriores a eso, un profesor le pide al protagonista y a sus compañeros que escriban en una hoja de papel qué es lo que querían ser de grandes.

Todos respondieron variantes de “quiero ser policía o militar”, que es básicamente la única opción que la sociedad colombiana le daba a sus jóvenes varones de clases bajas. El protagonista del cuento de Laura escribió: “Lo que más quiero en la vida es no sentirme tan raro”.

Ahí está muy bien explicada una de las primeras facetas de la estafa piramidal. Nos entusiasman con una ilusión del control, con la idea de que eso que llaman “futuro” es algo que podemos elegir libremente, cuando en realidad solo estamos eligiendo en un menú con pocas o nulas opciones. El profesor del cuento de Laura les hizo la pregunta a los chicos del curso, pero solo había una respuesta posible: ser policía o militar.

Pero esa es apenas la punta del iceberg. Lo más cruel no es la falsa ilusión de libre elección, sino la idea misma de futuro, el horizonte brillante al final del camino. Nos venden el destino cuando en realidad solo nos están vendiendo el camino, y ahí, en la letra chica del contrato, se puede leer: “el destino puede no estar incluido”.

Volvamos a lo que se responde cuando alguien te pregunta qué querés ser de grande. La pregunta evoca grandes marcos de pensamiento, fantasías prefabricadas de todo lo que ese futuro implica. “Quiero ser veterinario” contestaba yo en algún momento, y me imaginaba una casa, un auto y un pequeño local con una clínica veterinaria al lado. Progreso lineal y escalonado. Cuando mi respuesta cambió por abogacía, la fantasía era más o menos la misma, solo cambiaba la clínica por un estudio jurídico y seguía funcionando.

Pero ahí está la estafa: no hay ni casa, ni auto, ni estudio jurídico. “El destino puede no estar incluido”.

Bauman dice que la modernidad líquida nos lleva a desgastar nuestra vida persiguiendo una ilusión, que el estado actual de la sociedad nos ofrece éxitos efímeros sin la garantía de que los mismos sean seguros a largo plazo. Un día te recibís, un día conseguís ese trabajo con el que soñaste por años, crees que el horizonte está ahí, al alcance, lo acaricias con los dedos, y de repente se mueve diez pasos más adelante. Al final, la frase de Galeano sobre las utopías no era un romanticismo, sino la descripción de una pesadilla.

Escribí sobre lo que respondemos de chicos cuando nos preguntan qué queremos para el futuro. Escribí sobre que eso es una estafa piramidal. Escribí sobre vocaciones. Pero en realidad no quería escribir sobre nada de eso. Lo que pretendía era hablar sobre el sufrimiento.

Creo que millennials y centennials estamos sometidos a una forma muy particular de sufrimiento. Un sufrimiento que quizás el resto de las generaciones no llegaron a conocer del todo, porque el contrato que ellas firmaron, aunque también tenía sus cláusulas engañosas, era bastante digno. La casa y el auto llegaban eventualmente sin demasiados problemas. Lo de “el destino puede no estar incluido” es algo que nos enchufaron a nosotros.

En el acto de imaginar el futuro está el origen de muchos de los peores sufrimientos, porque al imaginar construís castillos en el aire, te ves a vos mismo en una foto brillante en lo que sea que haya al final del camino, y un día empezas a darte cuenta que tus castillos sólo están hechas de humo. Y ahí llega el sufrimiento.

Y ahí está también la parte más cruel de la estafa piramidal que nos vendieron: nos llenan de sufrimiento sin enseñarnos qué hacer con el.




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