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  • Nenes No Lloran

¿Cuántos amigos de verdad tenés?

Actualizado: 27 sept 2021

-Nunca me habían preguntado por los amigos- me dijo la tarotista mientras  mezclaba cartas  y hacia sus trucos - ¿lo preguntas por algo en especial?.

En ese momento tenia 10 u 11 años (creo), estábamos de vacaciones familiares en las sierras de Córdoba y en el medio de una feria hippie se me dio por pedirle plata a mi vieja para que una tarotista me tirara las cartas. Nunca lo había hecho y la idea me generaba curiosidad.

Tenía tres preguntas para hacer. Las dos primeras eran superpredecibles para un preadolescente que imaginaba el futuro en base al mandato de construir una familia y ser el proveedor: le pregunté sobre el amor y el trabajo. Pero la tercera, como bien intuyó la tarotista, tenía que ver con otras cosas.

Sin dar muchas vueltas me dijo que iba a tener un buen grupo de amigos, nada demasiado rebuscado ni profundo. Pero cuando me levanté de la mesa sentí algo de alivio.

Hasta entonces yo había sufrido el mismo destino que sufren muchos varones que no cumplían con todos los mandatos de la masculinidad: sentía que no encajaba, que mis pares no me aceptaban.

Si, tenía uno o dos amigos con los que me juntaba y pasaba tiempo, y algunos otros del colegio que parecían “tolerar” mi presencia y eran amigables conmigo. Pero no tenía ninguna “banda”, ningún grupo más grande del que yo fuera parte, era testigo de cómo esos grupos se formaban e interactuaban, conmigo siempre afuera o como mucho en los márgenes.

Estaban los que jugaban al fútbol todos los jueves, estaban los que hacían artes marciales, estaban los que venían de otras escuelas y que tenían grupos con sus excompañeros que veían los fines de semana, estaban los que se juntaban a jugar al basket en el polideportivo de mi pueblo, estaban los que aprendían a cantar o tocar la guitarra. Grupos por todos lados, todos con sus lógicas y reglas internas, y yo siempre sentía que iba y venía entre ellos sin terminar de insertarme nunca, como si un patovica me dejara entrar, chusmear un poco y luego me pidiese amablemente que me retirara.

Esa sensación me acompañó durante gran parte de mi adolescencia y no hizo más que empeorar y empeorar. Hasta el punto de que genuinamente sentía que había algo mal en mi. Debía haber alguna razón por la cual sentía que otros varones no me aceptaban.

Lo que ocurría, por supuesto, era que yo no era como ellos.

Los roles de género, como toda construcción social, no nacen de un repollo ni los tenemos impresos en nuestros genes. Los vamos adquiriendo a medida que nos socializan, como pequeños chips que la gente que nos rodea nos va metiendo en la piel. Pero cuando esos chips no prenden o nos resistimos a que lo hagan, ahí viene siempre la opresión.

Cuando mis amigos varones estaban solos, hablaban de fútbol, de chicas, hacían chistes sobre sus madres o sus hermanas, construían entre ellos códigos y reglas que yo no seguía. No me nacía hacerlo, mucho tiempo después entendí que siempre me di cuenta de que siempre supe cuales eran esas reglas, pero me costaba horrores poder seguirlas.

La socialización es un proceso mediante el cual empezamos a construir nuestra propia identidad individual a través de un proceso que es eminentemente colectivo. Nos construimos a nosotros mismos a través de nuestros pares. Para los hombres se trata siempre de un proceso particularmente cruel.

El patriarcado nos convierte en el peor enemigo del hombre que tenemos al lado, aún si es nuestro mejor amigo, o mejor dicho, especialmente si es nuestro mejor amigo. Nos entrenan desde muy pequeños a ser los agentes opresores que tienen que controlar a los demás hombres. La masculinidad toxica tiene mecanismos de autoregulación muy poderosos.

Cuando sos niñe y cuando empezas la adolescencia son tus propios amigos los que te mantienen a raya, los que te recuerdan cuáles son los comportamientos, gustos y preferencias que tenés que seguir por haber nacido hombre. Cuando te apartas de esas normas, el castigo suele ser cruel, aleccionador, justo lo necesario para que te vuelvas a alinear y corrijas aquello que hiciste mal.

Todo este proceso implica siempre que tus amistades terminan siendo auténticas jaulas en las que quedas aislado emocionalmente. Todo ese cuento de la “fraternidad masculina” que nos cuentan, sobre “los amigos son para siempre” y demases oculta en realidad que todos los vínculos que los varones construimos están basados en realidad en opresiones mutuas y un reforzamiento constante de lo peor de la masculinidad, un proceso que tarde o temprano termina por rompernos por dentro. Podemos estar rodeados, tener un millón de amigos, y lo mismo en el fondo vamos a sentir que no tenemos nadie con quien hablar.

Cuando sos varón y adolescente, tus amigos no te prestan un hombro para llorar cuando lo necesitas; te dicen que no llores y que te hagas fuerte. Tus amigos no te escuchan ni intentan empatizar cuando necesitas hablar; solo te invitan a tomar una birra y a hablar de cualquier otra cosa. Tus amigos no te impulsan a superarte cuando sentís que te rompieron el corazón; solo te dicen que hay millones de minas en el mundo y que ya “la vas a superar”.

Tener amistades masculinas a veces es como si no tuvieras amistades para nada.

Melanie Tamlett reflexiona mucho sobre esto y llega a una conclusión tremenda: muchas veces la única amistad sana y real que los hombres tienen llega cuando son grandes: son sus novias y mujeres.

Ahí aparece el patriarcado nuevamente. Como si oprimir social, laboral y económicamente a las mujeres, también les pide que gestionen las ruinas de las vidas emocionales de muchos hombres. Muchos hombres cis-heterosexuales no saben lo que es hablar genuinamente de sus sentimientos hasta que se ponen de novios o se casan con una mujer dispuesta a escucharlos y empatizar con ellos. Y esto es tremendamente injusto para ellas.

Lo cierto es que a diferencia de los hombres, a las mujeres se las impulsa desde muy chicas a construir infraestructura para poder gestionar sus sentimientos: hablan sobre ellos con sus amigas, con sus madres, pueden ir a terapia sin miedo a ser juzgadas, etc etc. Cuando estoy con dos mujeres que hablan entre ellas siempre me sorprende la profundidad que pueden tener las conversaciones. No parece haber límites o restricciones sobre aquello que pueden tratar. En cambio cuando estoy con otros grupos de hombres (sobre todo cuando los otros hombres son heterosexuales), los temas son siempre limitados y suelen dar vueltas entre las mismas temáticas: fútbol, mujeres y política.

Cuando termine la secundaria lo hice con una lista muy reducida de “amigos”, eran masomenos los mismos dos o tres que tuve al iniciar la adolescencia. En el medio, iba y venía por muchos grupos distintos y nunca terminaba de sentirme aceptado. Genuinamente pensaba que había algo mal en mi. Muchos años después descubrí lo que podía ser una amistad de verdad, al final mi tarotista capaz tenía razón y había muy buenos amigos esperándome al final del camino.

Fue una de mis mejores amigas a las que le conté por primera vez que era gay, y eso me abrió las puertas a un mundo maravilloso y sanador. De repente tenía alguien con quien podía intercambiar audios de whatsapp infinitos, alguien a quien podía hablar cuando me sentía mal o cuando no sabía qué decisión tomar sobre algo que me pasaba.

Muchas veces lo que nos hace falta es tener esa pequeña probadita de una amistad de verdad para poder empezar a construir mejores relaciones, como si hubiese una fórmula que nos negaron siempre pero que una vez que aprendemos a usarla todo se vuelve más fácil. Quizás hacer amigos de verdad sea como aprender a andar en bici, a veces cuesta pero una vez que aprendes a hacerlo nunca lo olvidas.

Luego de esa primera amistad empezaron a nacer muchas más. De repente dejé de sentirme tan solo. Eso que me avergonzaba y me angustiaba tanto se transformó en una de las cosas que más me enorgullecen de mi mismo. 

Ya como adulto “joven” aprendí cuál era el poder sanador de la amistad: es una de las cosas más puras y hermosas que podemos experimentar como seres humanos. Por eso es tan cruel que el patriarcado y la masculinidad tóxica nos la niegue durante la mayor parte de nuestras vidas.