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  • Nenes No Lloran

¿Cuántos orgasmos te deben los varones?

Actualizado: 29 sept 2021


El sexo siempre parece ser una dimensión desconocida que uno va descubriendo de a partes. A veces al inicio nuestra exploración nos muestra solo un poquito y cometemos el error de creer que ese “poquito” es todo lo que el sexo tiene para ofrecernos. Como la alegoría de la caverna, nos convencemos de que aquello que ya conocemos es todo lo que existe.

Pero cuando se trata de la sexualidad, la cueva que nos hace creer que no hay nada más para explorar son en realidad nuestras parejas sexuales. Es extremadamente fácil caer en rutinas cuando se trata del sexo, especialmente cuando lo tenemos repetidamente con una misma persona y especialmente si esa persona es nuestra pareja.

Uno de mis primeros novios, uno con el que estuve bastante tiempo (más del que me gusta admitir) era particularmente rutinario a la hora del sexo. Le gustaban siempre las mismas cosas y era bastante difícil hacer que se animara a probar otras nuevas. A veces una simple exploración o prueba de una posición distinta o algo por el estilo requería semanas y semanas de conversación.

Como podrán imaginarse, el sexo con él era bastante monótono. Al principio eso no me molestaba, lo cierto es que con él también descubrí muchas cosas que no había hecho nunca, y esa fascinación por las cosas nuevas (sumada a lo que sentía por él, que era muchísimo) me duró un tiempo largo. Casi que diría varios años.

Pero un día “me cayó la ficha”, y me di cuenta de que en esa rutina que habíamos construido juntos había un gran ausente: mi propio goce sexual.

Cuando cogíamos, todo siempre rondaba en torno a él. A sus gemidos, a las cosas que al le gustaban, a las cosas que él quería probar, y sobre todo, a sus orgasmos, que eran casi sagrados.

Cuando me di cuenta de esto empecé a planteárselo y obtuve siempre pocas respuestas. Todas las cosas que le proponía para que mi propio goce también estuviera presente a él le resultaban difíciles de aceptar. Durante mucho tiempo incluso llegué a sentir culpa por todo esto. Sentía que al pedirle que hagamos determinadas cosas lo estaba manipulando y forzando a probar cosas que no le gustaban. Hasta que se hizo insostenible. Esta desigualdad en lo sexual fue uno de los grandes detonantes de nuestra relación.

La verdad es que el problema no estaba en que al no le gustarán las cosas que yo le proponía o en que era demasiado tradicional a la hora del sexo. La verdad es que le huía a esas cosas porque en todas se ponía en juego su propia masculinidad y eso era algo que nunca había podido deconstruir del todo. En la compleja y sumamente tóxica mentalidad masculina tradicional, puede llegar a ser aceptable que “te cojas” a otros hombres, siempre y cuando vos seas el “activo”. Pero si de pronto sos vos el que le da placer a otro hombre o a otre ser humano, no caben dudas; ya no sos un machito.

En muchos mails anteriores escribí sobre como el sexo es uno de los pilares de la masculinidad toxica. En el se concentran muchas de las cualidades más importantes que el patriarcado busca en los hombres: violencia, egoísmo, someter a otros.

Se educa a los varones para que vean al sexo como una actividad en la que pueden no tener limites ni emociones. Desde el despertar sexual, hay toda una industria cultural (a la que muchas veces se suman incluso las instituciones educativas), que les dice que tienen que ser auténticas máquinas sexuales, que “se cojan” a todo lo que puedan sin pensar en consecuencias ni en el bienestar de los demás.

La sexualidad masculina es concebida como una autentica práctica depredatoria, en donde los chicos intentan cogerse chicas una y otra vez. En la investigación que realizó en una escuela secundaria de EEUU, C. J. Pascoe encontró miles de ejemplos y testimonios sobre las características de esta práctica predatoria. “Parece haber un sentido de masculinidad construido sobre la idea de que los chicos deben vencer la resistencia de las chicas a tener sexo.”

Cuando esa resistencia es vencida, entran además otros factores en juego. La primera carrera entre los varones es por bien quien “deja de ser virgen” primero. Luego de eso aparecen otras competencias: ver quien logra que una chica trague semen primero, ver quien logra tener un trío primero, ver quien es el primero en “desflorar” a una chica. En un grupo particular C.J. encontró incluso una práctica insólita y particularmente violenta: había una competencia por ver quien lograba “coger por el culo” a una chica de forma sorpresiva.

Todo esto forma parte de los sistemas de socialización a los que los chicos son sometidos. La verdad es que mucho de lo que hacen no es tanto por buscar el placer propio si no por buscar la aprobación de sus pares. Irónicamente, la heterosexualidad compulsiva hace que los varones vean el sexo a través de sus interacciones con otros varones y no a través de sus interacciones con las mujeres, que sería lo más lógico.

Internet ha potenciado esta imagen corrupta y toxica que los varones tienen del sexo, llegando a construir microculturas que fomentan lo peor de esas concepciones. En algunos foros muy crípticos distintos grupos de varones llegan a discutir la mejor forma de tener sexo con menores de edad o incluso elaboran “manuales” que explican como manipular psicológicamente a las mujeres para transformarlas en “esclavas sexuales”. Todo esto existe, la cultura de la violación está más viva que nunca.

El goce femenino y otros misterios del universo.

Cualquiera que haya presenciado una “charla de vestidor” entre hombres sabe que las cosas pueden ponerse particularmente gráficas y asquerosas. Los varones heterosexuales no ahorran en detalles a la hora de narrar sus aventuras sexuales para impresionar a sus pares. Sin embargo, hay un gran ausente en esas charlas: el goce femenino.

Si presenciaste alguna de estas charlas, quiero que hagas memoria conmigo: ¿alguna vez escuchaste a un varón hablando sobre un orgasmo femenino?. Yo no, y créeme que he presenciado muchas de esas charlas, quizás demasiadas.

Cuando empecé a tener más amigas mujeres en sus propias charlas descubrí la otra cara de esta moneda. En general ninguna de ellas hablaba con mucho cariño de sus experiencias sexuales con varones. Abundan las quejas sobre chicos que no quieren ni siquiera hacerles sexo oral, que acaban rápido o que las presionan para probar cosas que no quieren probar. ¿Goce sexual? Bien, gracias.

Esta falta de atención que los varones tienen sobre la persona que les extiende la generosidad de tener sexo con ellos no se explica solamente desde la cultura de la violación. La falta de educación sexual tiene muchísimo que ver aquí. En muchas escuelas se les enseña al curso completo cómo funciona el aparato reproductor masculino y en cambio a la hora de hablar del femenino se les permite a los chicos salir del aula.

¿Toda una definición no?. Las chicas tienen que saber cómo funcionan los penes pero no hace falta que los chicos tengan la más mínima idea de cómo funcionan las vaginas. ¿Para qué necesitarían saberlo?.

Al mismo tiempo que le enseñamos a los varones a ser auténticas máquinas de coger, también le enseñamos a las mujeres que ellas no tienen el mismo derecho a sentir atracción sexual ni a explorar sus propios cuerpos. En su libro “Cómo educar en el feminismo” Chimamanda Ngozi Adichie dice que a las chicas se les enseña a sentir vergüenza con su sexualidad y su goce. Eso es lo único que tienen permito sentir al respecto; ni curiosidad, ni ganas, ni atracción, solo vergüenza.

Es por eso que muchas chicas pasan años de experiencias sexuales vacías y frustrantes antes de descubrir que el sexo también puede ser placentero para ellas.

Y para empeorarlo todo, una sofisticada industria cultural se encargó incluso de instalar la idea de que aquellas mujeres que sí disfrutan de su sexualidad están “manchadas” y son un mal ejemplo. El slutshaming que cae sobre aquellas que se animan a explorar libremente hace que incluso muchas chicas vean ese camino como el incorrecto.

El autodescubrimiento y los orgasmos son dos cosas más que podemos agregar al largo listado de cosas que le prohibimos a las mujeres.

El derecho al goce quizás no esté en la declaración de derechos humanos, pero sin dudas es una parte esencial de nuestra existencia. El sexo es de esas pocas cosas que todas las personas compartimos de forma universal sin importar en que país nacemos, que idioma hablamos o cuanta plata tenemos en los bolsillos. Algo tan universal debería también estar bastante liberalizado, pero no lo está.

Y no solo no lo está para las mujeres. Lo cierto es que los hombres también nos llevamos una parte grande del sufrimiento.

Al tener sexo solo siguiendo el mandato de la masculinidad toxica nos perdemos una parte grande de la película. Limitamos nuestro propio placer al acto de penetrar, eyacular y someter y nos perdemos la oportunidad de explorar otras facetas de la sexualidad humana que pueden ser tanto o más placenteras. Nos perdemos además la posibilidad de experimentar al sexo no como un acto de liberación individual sino como una danza en la que dos (o más personas, ¿por que no?) se descubren y se satisfacen mutuamente. La experiencia de vivir el sexo como un acto de goce mutuo es algo que estoy seguro la mayor parte de las personas heterosexuales que conozco no han vivido del todo si no hasta ser bastante grandes.

También hay lugar para machitos en el sexo homosexual. A las disidencias sexuales nos gusta creer que tenemos mejor sexo que los heterosexuales. Pero la verdad es que incluso en nuestra propia cultura hay bastante masculinidad tóxica infiltrada, especialmente en el ambiente gay.

“Busco mascxmasc”, “soy solo activo, no la chupo”, “si no estás depilado no me escribas”, “nada de plumas”, son solo algunas de las cosas que pueden leerse en Grindr o en otras apps de levante. Para cierto sector de la comunidad gay, el sexo entre hombres es solo un derivado del sexo heterosexual, donde alguien debe hacer de hombre y alguien más de mujer. En esta analogía, por supuesto, el placer de esta ultima persona importa tan poco como en el sexo hetero.

El falocentrismo presente en la comunidad gay relacionado a esto es tremendo. Y al igual que en el sexo tradicional, aquí también existe toda una industria cultural que trabaja incansablemente para fomentar las peores concepciones. Entrar a cualquier sitio web de porno gay es suficiente para darse cuenta de que lo peor de la cultura de la violación está presente ahí con sus peores facetas potenciadas.

Los activos deben ser masculinos y musculosos, los pasivos deben ser limpios y añinados. El momento central del sexo gay es la penetración y el acto sexual acaba cuando lo hace también el activo. Cualquiera que haya tenido sexo gay sabe lo instalados que están estos mandatos en la comunidad.

La falta de confianza en mí mismo y la incapacidad de poder explorar correctamente mi sexualidad en la adolescencia me llevaron a estar años atrapado en una relación en donde mi placer solo podía canalizarse mediante ser el instrumento de placer de la otra persona. Lo tuve naturalizado durante mucho tiempo, hasta que empezó a asfixiarme y no pude resistirlo más. Al salir de esa relación estaba muy preocupado por la idea de que quizás nadie más iba a querer tener sexo conmigo. La falta de goce recíproco no solo es mala a nivel biológico, también puede destruir por completo tu autoestima. ¿Cuánto podes valer si solo sos el juguete de alguien más?.

Luego de romper esa relación pude empezar a experimentar más. La primera vez que tuve sexo con alguien acostumbrado a ver el sexo como algo que se hace de a dos fue todo un descubrimiento. Eso “era” el sexo de verdad, y lo que yo había vivido hasta entonces era poco más que la sensación de que alguien más se está masturbando con vos. Había sensaciones, colores y gemidos que nunca había experimentado y que ahora se abrían ante mí como un continente esperando ser descubierto.

Pero en esa etapa de exploración una pregunta también empezó a ocupar lugar en mi cabeza. Hasta el día de hoy sigo sin poder responderla: ¿Cuánto tiempo perdí hasta poder descubrir en serio mi propia sexualidad?.

Lo que para mi es solo una pregunta, para muchas mujeres es una certeza que a veces puede extenderse décadas o incluso toda la vida. ¿Tienen idea de si sus madres, tías o abuelas tuvieron vidas sexuales satisfactorias? ¿Saben si alguna vez pudieron tener orgasmos junto a sus padres, tíos o abuelos?.

Puede parecer que hago preguntas por morbo pero no es así. De verdad creo que son preguntas que tenemos que hacernos, especialmente los varones. Porque estuvimos reproduciendo un sistema de desigualdad que llega hasta el punto de negarle a la mitad de nuestra especie algo tan sencillo como explorar libremente su sexualidad.

No solo eso, si no que incluso sobre esa negación hemos montado un complejo sistema que fomenta y justifica la violencia y el sometimiento como modos correctos de tener sexo. Somos los responsables de haber reproducido todo eso y por lo tanto tenemos que ser también responsables (al menos en parte) de desmontarlo.